
Se murió Gonzalo Rojas. Sabíamos que respiraba apenas, que desde hacía un par de meses se moría irremediablemente. Cuando se marcha un viejo como él, que supo vivir no por haber completado casi un siglo de pie y con las botas puestas, sino por la forma intensa y sensible en que lo hizo, rebelándose desde muy joven contra la muerte y la burguesía, piropeando a cuanta chica linda se cruzó en su camino, escribiendo algunos de los mejores versos de la poesía fabricada en Chile, creo que la tristeza mayor viene de saber que no habrá nuevos poemas suyos, aun cuando para nosotros, los que lo sobrevivimos, su muerte debiera ser una nueva oportunidad para leerlo y releerlo con atención y detalle, el mejor regalo y homenaje que podemos tributarle a un escritor de raza.
Una amiga suya me prestó la primera edición de su libro Contra la muerte, publicado bajo el sello de la Editorial Universitaria en 1964 y que incluye un grabado de Julio Escámez. Gonzalo Rojas tenía 47 años cuando se publicó este libro, y como él mismo dice, no lo conocían ni los perros. Recorro sus páginas gruesas, una a una, y me detengo en su poema “Los días van tan rápidos”: “Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse / de haber entrado en este juego delirante”, versos que culminan con un llamado elocuente a no echarse a morir: “Estemos preparados. Quedémonos desnudos / con lo que somos, pero quememos, no pudramos / lo que somos. Ardamos. Respiremos / sin miedo. Despertemos a la gran realidad / de estar naciendo ahora, y en la última hora”.
Esta amiga suya contó que cuando recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1992, el poeta quiso celebrar en grande el galardón y viajar a España con una tropa que incluía mujer, nueras, hijos y quién sabe qué otros parientes. El único detalle es que había que pagar pasajes y estadía y Rojas no sabía cuánto dinero significaba el premio, además de no tener un peso ahorrado al cual echar mano. “¡Nos vamos a España, y que pague el rey!”, fue su decisión, apostando a que el monto del Reina Sofía alcanzara a cubrir el viaje a Europa de todos sus invitados. El suspenso se mantuvo hasta el final. Gonzalo Rojas recibió el galardón en una ceremonia muy protocolar y el cheque venía en un sobre sellado. Estaba desesperado por saber cuánta plata había recibido, y no se aguantó. Apenas terminó la ceremonia, y antes de ir a otro salón para el banquete, Rojas les dijo a los reyes: “Los humanos somos débiles. Debo ir al baño”. Y se fue a las casitas. Y abrió el sobre. Y ahí se enteró de que el premio equivalía a algo así como sesenta millones de pesos. Volvió relajado y dichoso, y le hacía gestos a su mujer, Hilda, le levantaba el pulgar, le cerraba un ojo, había dinero de sobra para celebrar en Europa todos juntos.
Leo lo que Gonzalo Rojas le dice a Marcelo Mendoza en una entrevista que acaba de aparecer en el libro Todos confesos: “Yo soy animal del zumbido, creo en el silencio y creo en el zumbido (…) Todos nosotros estamos traspasados de imaginación y de coraje: ojalá lo mantuviéramos como los niños”. Cuando Mendoza le pregunta si perdió la juventud, como dice en uno de sus poemas, Rojas le contesta que no, que a su larga edad aún la siente arraigada en él; luego Mendoza le pregunta si perdió la virginidad en los burdeles, y Rojas le contesta que sí, pero que después la recuperó: “¿Qué es perder? Perder, saber perder, apostar y perder, sobre todo apostar. Nosotros, que somos los anarcas, no andamos tras el poder: apostamos y perdemos”.
Aparte de leerlo a él con atención y detalle, recomiendo también leer las entrevistas que en 1990 le hizo Juan Andrés Piña y que publicó en Conversaciones con la poesía chilena. Se recorre ordenadamente vida y obra del poeta hasta poco antes de los premios, aquellos tiempos en que Rojas decía haber aprendido de la Mistral que no había “que ir tras el aplauso ni figurar en la vitrina literaria, eso que Breton llamaba publicidad vergonzosa: pervierte el rigor y hasta la gracia”. Luego vino el reconocimiento público, inesperado, primero con el Reina Sofía, después con el Premio Nacional de Literatura y más tarde con el Cervantes. Nada que empañara su vigorosa poesía. Palabra de Gonzalo Rojas Pizarro: “Un aire, un aire, un aire, / un aire, /un aire nuevo: / no para respirarlo / sino para vivirlo”.
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