
En la esquina de avenida Apoquindo con El Bosque aún puede verse un edificio modesto que, pese a las modernizaciones, delata el paso del tiempo. El sector es hoy el epicentro de Las Condes y probablemente uno de los sitios inmobiliarios más caros del país. Ahí se ubica la Peluquería Parada y hoy veo que tiene signo de demolición. Siento una extraña sensación de vacío, y un repentino golpazo de tristeza y de nostalgia.
Corre la primavera del 52. Mi padre me toma de la mano y me informa que debo someterme a mi primer corte de pelo. Un poco asustado, camino con él las pocas cuadras que separaban nuestra casa de la esquina citada y nos adentramos en la magia de esta pequeña peluquería de barrio. Me golpea el intenso aroma a talco y agua de colonia, los grandes y brillantes sillones giratorios, los blancos uniformes de lo que me parecieron unos elegantísimos señores peluqueros. Luego la pañoleta blanca atada al cuello, las tijeras, la charla sencilla del peluquero mientras hace su trabajo. Es el comienzo de un rito, al que me introduce mi padre y que pasaría desde entonces a ser parte de mi vida.
Por años he evocado ese aroma, mezcla de alcohol y lavanda, que muy ocasionalmente he encontrado en peluquerías “de caballeros”. La última vez fue cuando, en un viaje, decidí cortarme el pelo en la exclusiva instalación de la tienda Harrod´s de Londres. Sublime, pero nada igual a lo que experimenté esa primera vez en la modesta Peluquería Parada.
En las décadas siguientes seguí visitando el lugar. Ya sin la compañía de mi padre, que siempre favorecía un corte “ordenado” y un tanto militar, me enfrascaba en encendidas discusiones con el peluquero para que el cabello, entonces largo y abundante, creciera en la forma más natural posible. Corría la década de los 60 y los jóvenes, pese a las aprensiones de nuestros padres, aspirábamos a un “look” más bien “rockero”.
Antes que la picota haga lo suyo, decido ir por última vez a la esquina de El Bosque. Ahí está aún la peluquería, preparándose a cerrar para siempre. Cierro los ojos y recuerdo: En la esquina, una fabulosa (así me parecía) tienda de licores; a pocos pasos la inalcanzable pastelería Avenue du Bois; al frente, un bien abastecido emporio de una época en que no existían los supermercados, atendido por sus propietarios una cálida familia de inmigrantes italianos. La avenida Apoquindo, ancha y señorial, estaba flanqueada por grandes casonas de espaciosos jardines, la última, inmediatamente al lado de la peluquería (y que sirvió de sede al comando del actual Presidente en las últimas elecciones), acaba de caer y en su lugar hay un profundo hoyo sobre el que se construye una torre de oficinas. Con el edificio de la peluquería ocurrirá lo mismo. Aspiro profundamente, pero ya no está la lavanda, ni los hisopos, ni el polvo de talco. Un viejo peluquero ordena lo que queda en el local (¿será el mismo, me digo?, ¡no puede ser!). Mi padre murió hace ya mucho tiempo, ya no queda casi nada de ese barrio y de esa vida. Saludo al viejo, le pregunto por su destino, me mira con incertidumbre.
“No sé”, me dice, “llegó el momento de irse”. Y siento que tiene razón, no sólo me está informando, sino que extendiendo una invitación. Quizás, para mi generación, ese es el tiempo que está llegando.
Camino por El Bosque, por Apoquindo, busco, no sé bien qué. Quizás una presencia, un aroma, una mano, una voz. Pero no hay nada. Ya todo se ha ido.
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Posteado por: Irmela Eckermann Ludwig 28/05/2011 11:50 [ N° 1 ] |
Feazo es ese edificio pero, familiar, a escala humana y condición humana. Hay que demoler, nada de recuerdos, todo nuevo para estar in, como la pronta demolición de una muy bonita mansión en Alameda, que el expresidente, tan suelto de cuerpo, donó a la CUT y que ésta, borrará del mapa por vendido al "tan despreciable capital". "EDUCACIÓN 2020 AHORA Y YA". |
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Posteado por: Margot Lorenzen de Cruz 28/05/2011 13:11 [ N° 2 ] |
Felicitaciones a Don Roberto Mendez por su mención a los tiempos que pasaron. También yo he sentido la nostalgia relacionada con la esquina apoquindo con el bosque. mis hijos hombres frecuentaban la peluquería Parada y sintieron ese ambiente acogedor que Ud. relata tan bien. Creo que ellos disfrutaron de su articulo como lo he hecho yo. |
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Posteado por: Jose Jeifetz Weinstein 29/05/2011 16:11 [ N° 3 ] |
No..el camino recorrido no debe borrarse jamás, y tomo sus palabras finales "está la presencia, el aroma, la mano y mi voz". Por esos mismos años de su relato, mis padres contruyeron en Apoquindo 220 una enorme casa blanca con dos columnas georgian, donde casi no habian otras. Ahi creci,y ahi me case. Casi al frente nuestro estaba la Peluqueria Parada, la casa de los Ferrer, la tienda de licores, y en esa esquina, Apoquindo con El Bosque segundo piso, tuve mi primer hogar de casada. Ahi nacieron mis dos hijas, y a Avenue du Bois ibamos a gozar la pasteleria. Por esa esquina pasaban los tranvias 25 y 27; mi niñez y primeros años como esposa y madre están en esa esquina. Ahi esta parte de nuestra identidad familiar, por lo que borrar esos perfumes y recuerdos, jamas. |
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Posteado por: Patricio De Soto Alcaíno 31/05/2011 15:15 [ N° 4 ] |
Gracias Roberto por los recuerdos. Junto con mis padres, también viví en el 2º piso de esa esquina, sobre la Peluquería Parada, entre los años 1946 a 1948, de donde nos cambiamos, por el nacimiento de mi hermana, la madre de tu colaboradora Cata San Martín. Mis abuelos vivían casi al frente, en Apoquindo 96, hoy 2786, también a punto de su demolición. Paso a diario por ahí y ya casi no reconozco el barrio de mi niñez. Así es la vida. |
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