
Sentimental y soñador, partidario del romanticismo. Así define al romántico la Real Academia de la Lengua. La del diccionario es la expresión resumida de un pensamiento, un movimiento artístico, una cultura, un modo de vivir.
El romántico es visto en los tiempos que corren como un sujeto extremo y excesivo, con dificultad para adaptarse al rigor del pragmatismo que hoy parece dominar la escena. No lo sé. Sicólogos, filósofos, historiadores y tantos otros aventajados alumnos de las más variadas disciplinas humanistas estudian nuestro comportamiento, nuestras motivaciones, la manera en que nos relacionamos. Alguna vez fue más importante que hoy, aunque de esto nadie puede estar muy seguro, el cultivo del amor al arte, del amor a la belleza. Lo que no significa que el arte y la reflexión profunda sobre el alma humana carezcan hoy de importancia. Hay quienes creemos que siempre la ha tenido. Otra cosa es que esa importancia sea relevante en el plano político, social y cultural. Lo que al menos yo aprecio con nitidez (para no involucrar a nadie más en el juicio) es que el arte y la filosofía son en estos días un asunto de escaso interés público, motivada la mayoría, no sin razón, en primero que todo sobrevivir y no morir en el intento. ¿Qué hago? ¿Procuro el dinero suficiente para cubrir el mes o leo las disquisiciones sobre la felicidad de Spinoza? Ideal sería combinar ambas acciones, ¿no? Por lo que sea, es una minoría la que se interesa en el cultivo del arte y el pensamiento. Hablo del arte sin sujeción al mercado, abierto a exploraciones formales, con vocación expresiva y crítica, que dé cuenta del mundo que habitamos o de lo que vivimos confrontados con él. Ahí asoma mi romántico. Cuando más amenazado me siento en este sentido, es cuando preparo mi mejor artillería.
La minoría de la que hablo no es ni una tribu excepcional ni posee derechos especiales en relación con el resto. Pero no tiene menos derecho a procurar su trabajo que un dentista, un ingeniero, un profesor, un vendedor viajero, un obrero de la construcción o una secretaria. Lo que quiero decir es que un escritor, un dibujante, un pintor, un fotógrafo, un músico, un cineasta, un bailarín, un actor, un cantante o cualquier otro cultor del arte no tiene por qué convertir a su trabajo en un producto inexistente, y tantas veces no remunerado siquiera, que no encuentra la manera de hacerse notar y de dar con su público, que, dicho sea de paso, no tiene por qué cumplir con requisitos especiales, salvo querer apreciarlo y finalmente apreciarlo. Ese público puede estar en cualquier parte y, además, ser escaso. Un sujeto legítimamente conquistado por tu arte y tu propia vocación son razones suficientes para continuar, aún cuando queda pendiente el tema de la sobrevivencia, que así como están las cosas lo más probable es que deba resolverse en otro territorio, y no en el ejercicio del mismo arte.
¿Es popular el arte? Todo indicaría que sí, ¿verdad? Pero no cualquier arte. El que se vincula con la industria del entretenimiento lleva mucha ventaja, y será frecuente que no podamos llamarlo arte porque en el camino olvidó la necesidad vital de interrogarse en voz alta y de interrogar al mundo. La música popular y el cine comercial lo confirman. Cuentan con empresas dispuestas a poner plata para después recuperar lo invertido y ganar lo suficiente para no querer cambiar de rubro. Esto es tan así, que basta un mal paso dado por un artista abducido por la industria para que sea rápidamente invitado a no equivocarse nuevamente, a corregir el error. El fracaso de taquilla es visto como al diablo. Un libro que vende pocos ejemplares, una película a la que asiste poca gente, un concierto en un teatro semivacío, una exposición que no vende finalmente los cuadros que expone, una obra que no se entiende. Es gracioso. A medida que avanzo en esta crónica, mi juicio se radicaliza. ¡No es decisivo que muchos no lo entiendan, que sea un asunto de minorías, que sólo algunos lo aprecien! Importa mucho más su calidad y el fondo invisible pero visceral que llevó a un ciudadano o a un grupo de ellos a expresar un mundo nuevo, hasta ahora desconocido, ojalá de valor para quien se acercó a tocarlo y a dejarse tocar por él. ¿Esto es ser romántico?
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Posteado por: María Ines Amenábar Christensen 18/06/2011 11:46 [ N° 1 ] |
Las minorías son necesarias: en el arte,en las ideas y en muchos otros campos. Pero no miradas como entidades que tienen derechos excepcionales. No. Sino como personas que poseen una sensibilidad y preparación diferentes y que aportan elementos renovados dentro de la riqueza y madurez de una cultura. Ahora pedir que estas minorías sean reconocidas,aplaudidas y remuneradas adecuadamente: me parece que es aún mucho pedir (desgraciadamente): no porque no lo merezcan; todo lo contrario. Sino ,porque aún ,no se les ha reconocido el justo lugar que merecen en su quehacer:uno único,importante e insustituible.Un aporte que será valorado en el mediano y largo plazo; no está sujeto a los análisis y parámetros de la contingencia . Atte |
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