
Un Álvaro Matus fue el primero en hablarme de libros definitivos: esos libros que no abandonarás jamás, a los que has decidido serles fiel toda la vida. No se trata de leerlos una y otra vez, sin descanso. Pero sí de mantenerlos cerca, a la vista, al alcance de la mano y el espíritu. Hay un pacto de amor entre uno y ellos. Hay un vínculo que no se disuelve con el paso del tiempo. A ratos puedes mantener alguna diferencia y discutirlos, el amor no es ciego ni tiene por qué ser unánime y absoluto en el juicio que se tenga sobre las cosas, pero más importante que la comunión total es el encuentro genuino entre dos almas.
También me sucede con ciertas personas a las que siento definitivas. Descontemos a mis hijos, que por cierto lo son sin necesidad de explicaciones, a mis padres y en mi caso también a mis hermanos. Puedo verlos poco y mantener importantes diferencias con ellos, de mirada y estilo, de ideas y anhelos, pero un vínculo atávico me dice que ellos son definitivos en mi vida, que difícilmente podría desentenderme algún día de sus derroteros.
¿Y el resto? Ese vasto planeta poblado de amores, amigos, conocidos, colegas, compañeros de colegio, de universidad, de viaje, del bar y el café, del barrio, vecinos, amigos de los amigos y tantos más con los que nos hemos cruzado a lo largo y ancho de la Tierra y en sueños, subiéndonos a un bus en un pueblo, llegando al tercer piso de una oficina y encontrándonos cara a cara, atravesando un puente, tomándote un vino, leyendo.
Alicia Morel me escribe. Querido Francisco: me porté mal contigo, al no comunicarte cuánto sentí la muerte de tu hermana, y ahora la de un tío querido. Sé lo que se padece cuando se van los hermanos. El año pasado murió mi hermano mayor. Tenía una vida cumplida, pero recién habíamos iniciado mutuas visitas, desde que él enviudó. Tuve la gracia de confortarlo y despedirme de él cuando se agravó. El otro día nos regalaste unos hermosos versos de Oscar Hahn, los que copié para mandarlos a nietas y amigas, para que conozcan la belleza de la poesía. Algunas personas son incapaces de apreciarla, es una ceguera sin remedio, su espíritu está inacabado y da pena. Estuve dos meses dedicada a compilar una variada antología para niños de 6 años, que me encargó una editorial. Willy me ayudó con antiguas versainas y refranes que ahora parecen novedad. Tiene una memoria prodigiosa a sus 92 años. Este mes cumplo 90 y los hijos nos llaman el bicentenario. Lo que más siento en la ancianidad es la pérdida de la independencia y la agilidad. Un abrazo. Alicia". Cómo no quererla. Cómo puede uno sentirse solo si esas palabras te abrigan. Anoche me llamó Juan Félix Burotto para contarme la muerte de su hermano Julio. Estaba muy enfermo y Juan Félix había ido a Temuco dos semanas atrás a despedirse de él. Me mandó esa vez un texto suyo, "El encantador se va", donde homenajea a su hermano recordando tiempos remotos: "Julio ejerce un poder sobre los esquivos gatos de la vecindad, allá en la casa de la abuela en Angol. La Maruja, costurera puertas adentro, dice que es un milagro. A la tarde siguiente, silencioso avanzo hacia el ático donde acostumbro a ver los días reflejados en las ondeantes blancuras de sábanas gigantes. Tras un pequeño giro, la estancia muestra el espectáculo: al medio está mi hermano sentado sobre sus piernas cruzadas y en rededor hay no menos de treinta gatos que lo observan, rodeándolo. Julito parece sonreír con levedad y se diría que conversa telepáticamente con esa serena pero entusiasmada asamblea felina, o hacen una oración colectiva al milagro de vivir".
Nos arrojan solos al mundo con fecha de vencimiento, pero está en nosotros vivirlo como una condena o como una oportunidad. Al menos para mí, no habrá otra. Escucho música que sospecho también me acompañará hasta el fin, sonatas para violín de Beethoven, mientras pienso en mis definitivos, aquellos con quienes deseo mantenerme cerca y vinculado no para hacer negocios, sino para ejercer el ocio que le permita a nuestras almas encontrarse en un punto incierto del tiempo y el espacio.
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