
Fui a Mendoza un verano de 1985 o 1986, no recuerdo bien el año. Hacía un calor del demonio, cuarenta grados a la sombra, de eso sí me acuerdo perfectamente. Entonces yo trabajaba en la revista Apsi y se organizaron unos encuentros con exiliados chilenos que aún tenían prohibición de ingresar al país. Fui como periodista de la mejor manera imaginable: a no hacer nada especial, simplemente a estar. Era como una beca. No tenía obligación de entrevistar a nadie ni menos de escribir un reportaje a la vuelta sobre estas jornadas que eran un resumidero de clandestinidad y desahogo. Asistía a ratos como espectador a unas tediosas mesas redondas en que se imaginaba el Chile de la democracia del futuro. Se hablaba de economía con énfasis en lo social, nuevo orden informativo, ecología y, por supuesto, qué había que hacer para derrocar a la dictadura. Lo mejor sucedía en las noches: apagado el fuego abrasador del sol y menguado en parte el calor, se imponía la ideología del disfrute: bebíamos en los boliches, comíamos milanesas con papas fritas y salíamos a la calle con Nemesio Antúnez y Poli Délano a la cabeza gritando “Nemesio presidente y Poli intendente”. Alguien me dijo una vez que Nemesio lucía una banda presidencial, pero esto no sé si era verdad. Se trataba de una humorada de una tropa de reprimidos que no tenían en su país espacio para la expresión política y ciudadana. Mi mejor recuerdo de ese viaje a Mendoza fue haber leído en un bar y en días consecutivos dos novelas de Mempo Giardinelli acompañado de sendas botellas de cerveza bien helada: Luna caliente y El cielo con las manos. Me gustaron tanto las novelas que tiempo después viajé a Buenos Aires, ahora sí a trabajar, y entrevisté a Mempo y al fiscal Julio César Strassera, que tenía a su cargo los juicios a los militares por violaciones a los derechos humanos. Fue el año en que Borges asistió a un juicio oral y escuchó el testimonio de un hombre detenido en 1976 que sufrió tortura y vejámenes durante cuatro años: “Doscientas personas lo oíamos, sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. No juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice”.
Veinticinco años más tarde, regreso a Mendoza, una ciudad encantadora, y los gritos de Nemesio presidente y Poli intendente han sido reemplazados por jugosos ceacheí en la plaza Independencia y en los boliches donde la llamada Marea Roja remoja la garganta antes de volver al lugar de concentración de la selección chilena de fútbol que juega la Copa América. Huyo de ellos y me concentro en un café de la Peatonal Sarmiento donde por una suma módica se bebe buen grano y se disfrutan estupendas medialunas. Ahora no leo a Giardinelli, sino a Alberto Manguel: “Lo que más me gusta de una ciudad son las ausencias. Me encanta la ciudad el domingo por la mañana; me encanta la ciudad en verano, cuando no queda gente; me encantan los momentos que, como en un cuadro de De Chirico, anuncian o hacen sospechar presencias invisibles”. Perderme en un café, prescindir del fútbol, leer a Manguel y algunos poemas del mendocino Juan López son mi manera de vivir esta ciudad del interior. Hay un poema de López que sabe arrancar una sonrisa: “Vendo Rambler rural porque me mudé y no entra en el garaje/ no quiero ver cómo la intemperie termina de arruinarla/ vendo Rambler como si vendiera parte de mi cuerpo de mi vida/ respiro hondo antes de escribir esto/ en ese monumento con ruedas esa segunda casa/ esa segunda cama/ respiro hondo/ escucho ofertas”.
Una librería bien provista, un café silencioso, la chica buenamoza que atiende en el café, la cerveza a punto en el bar, una plaza, un parque, un barrio, el almacenero de la esquina, la buena voluntad de las señoras del aseo en el hostal, el menú de tres dólares, un cuerpo dispuesto a caminar, un par de buenos libros y mis compañeros de la radio dibujaron una ciudad, Mendoza, a la que feliz volveré cualquier día, cualquier año, en cualquier estación. Escucho ofertas.
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Posteado por: Raúl Alfredo Ramírez Riffo 30/07/2011 15:45 [ N° 1 ] |
Sr. Mouat : Nemesio Antúnez lució la banda presidencial en la película "Estado de Sitio" , filmada en nuestro país hacia 1972. |
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Posteado por: Horacio Perea Murcia 06/08/2011 10:10 [ N° 2 ] |
Mendoza conserva el encanto que varias ciudades han perdido |
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Posteado por: Daniel Bolder Barrera 06/08/2011 11:03 [ N° 3 ] |
Francisco, estupendo tu artículo ! Me sentí muy identificado contigo porque yo también anduve por Mendoza en aquellos años (creo que fué en '87 u '88, pero en primavera, lo cual hace a Mendoza aún más encantadora). Igual que tú, disfruté de las milanesas con papas fritas, de las medialunas, de los cafés y librerías, de la plácida vida que discurre en esa ciudad, tan diferente de las alienantes Santiago y Buenos Aires...Así deberían ser las ciudades en todos lados, hechas para que un ser humano viva a gusto, ni tan pequeñas ni tan monstruosas (Alemania, por ejemplo, encontró ese justo término medio en sus ciudades). No me explayaré más sobre las bondades de Mendoza porque tú lo has hecho mejor y con poder de síntesis. Qué suerte que la tenemos tan cerca, y donde los chilenos somos tratados como en nuestra casa ! |
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Posteado por: ricardo gregorio leyes zamora 06/08/2011 17:11 [ N° 4 ] |
Don Francisco, que lastima que los argentinos, no tengamos un lugar en Chile que nos traten de igual manera.- |
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