Francisco Mouat
Sábado 13 de Agosto de 2011
Cariño


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No se me ocurre otra manera de vivir bien que no sea encariñada. Una amiga a la que quise con amistad apasionada, Dolores, me dijo pocos meses antes de morir que la vida sin afectos no era vida, que ella se iba y lo que se llevaba consigo era el cariño, el amor, los afectos.

Lo experimentamos nosotros dos tantas veces: caminando sobre la línea del tren que bordea al río de la Plata en Olivos, o en su casa de avenida Libertador en San Isidro, la calle adoquinada cerca de una plaza de árboles centenarios y de un boliche donde vendían las mejores facturas, o disfrutando un helado en el centro después de ir a ver una película de Robert Altman, o en su última casa de Bermúdez celebrando con sus hijos, Pilar y Joaquín, y unos pocos amigos, entre ellos Eduardo Mignona, nuestra segunda fiesta de matrimonio con la Solcita, la noche del 9 de octubre de 1994, champaña y números de magia incluidos. Puro afecto, Dolores. Puro cariño.

Pienso en ti esta mañana, tantos años sin verte, más de dieciséis que te enterraron en las afueras de Buenos Aires. Te siento viva, tan viva que me hablas a través de mis nuevos amigos, aquellos que vienen para quedarse. El viernes de la semana pasada, Carlos Costas me pidió al aire, cerrando el programa de fútbol que hacemos a las dos de la tarde en la radio, que en vez de regalarle un ridículo concepto sobre los partidos del fin de semana que venía, le regalara un concepto para la vida. Por supuesto la jugarreta de Carlos no estaba preparada. A Costas le gusta improvisar en el micrófono, y a mí me encanta que lo haga. La mejor radio es espontánea, improvisada, fresca. Tenía fracciones de segundo para responder. La cortina musical ya entraba y se silenciaban los micrófonos. No había tiempo para pensar. Dije amor.
Y nos reímos. Y el programa se acabó, y cada uno de nosotros se fue a sus cosas. Y me quedé pensando por qué dije lo que dije. Y supe que no estaba jugando. O que el juego era serio: amor, encariñamiento, imperfecto y humano, como nos gusta a algunos de nosotros, lejos de la mera corrección, apasionado y también en blanco y negro.

Entre mis nuevos amigos, una amistad que empezó en el verano de 2005 pero estuvo interrumpida hasta unos meses atrás, cuando Juan Félix Burotto se vino a vivir a Santiago desde el sur y lo encontré sorpresivamente una mañana de sábado con su kipá y su larga barba tomándose un café con su Norita en el Paseo Las Palmas. Uno o dos años que no sabíamos el uno del otro. Yo venía con la Solcita y la Agustina de comprar pasajes para ir en bus a ver con toda la tropa a mi querido Beto Medina, que a su vez se había ido hacía poco al sur. Beto se fue con la Paola y sus dos pequeñas a una nueva vida en Puerto Rosales, y Juan Félix y la Norita llegaban a Santiago después de pasarse una vida completa entre Concepción y Puerto Montt. No me olvido del abrazo con Burotto porque desde ese momento supe que Juan Félix y Norita habían llegado a Santiago, entre otras necesidades suyas y nuestras, a cultivar de una buena vez la amistad entre nosotros.

Comimos juntos el último sábado en su pequeño departamento del centro, que en rigor es de Mauricio, el hijo que ahora perfecciona su medicina en Estados Unidos y les ha cedido su espacio para que vivan en él. Un hijo querendón que llama por teléfono todos los días a su madre para saber de ellos y regalarles su voz. El otro hijo de Norita y Juan Félix, David, murió ahogado en Concepción cuando tenía catorce años.
Forma parte imborrable de sus biografías pero no les impide vivir.

Norita dice que el principal ingrediente de su cocina es el cariño.

Cómo no creerle. Preparó para nosotros un estofado del sur que debe ser detallado: trozos de, pollo, vacuno y longaniza (serían kosher?), una gran papa cocida y aderezo de merquén. Vino tinto para disolver las grasas y para brindar por la vida en un sencillo y cálido comedor de una ciudad a la que le cuesta tanto vivir el cariño en sus calles y oficinas. ¿Cómo es la vida puertas adentro en una ciudad de millones de habitantes? ¿Por qué el cariño privado no se ejercita en el espacio público? Sospecho que tenemos miedo. Miedo a querer y a hacer el ridículo. El dramaturgo Nelson Rodrigues es claro como una gota de
agua: “Sólo los imbéciles tienen miedo al ridículo”.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
alejandra cortes contreras
13/08/2011 16:20
[ N° 1 ]

Estimado Francisco, me permito empezar asi,con familariedad porque llevo mucho tiempo leyendo tus columnas y siento que eres como el amigo epistolar que maneja sabiamente las palabras,nada mas cierto que lo que has escrito hoy,la joya mas valiosa es el cariño y el vivir encariñados y espero de corazon que los que ya no estan con nosotros en sus ultimos momentos en los que el sopor calma el dolor,solo sintieran el abrazo cariñoso confortandoles.por los amigos antiguos, por los reencontrados "prosit"

Posteado por:
Maria Gabriela Carvajal Salinas
17/08/2011 11:49
[ N° 2 ]

Estimado Sr.Mouat
Casualmente leí esta columna y me encanto, me dejo un dulce sabor a recuerdos y encuentros amistosos de cenas," cafecitos", asados, paseos familiares, cantatas en una fogata en medio del desierto muertos de frio con los niños corriendo alrededor... parece solo ayer que compartimos todos esos momentos.
Hoy, después de leer "cariño" has llenado mi dia de sonrisas, imágenes, olores, sabores que seguro están siempre ahi, solo que por un momento los olvidé. Gracias.

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