
Mi amigo Daniel Riera vive en la zona sur de Buenos Aires, y cuando vengo a verlo a su ciudad de toda la vida, me lleva a boliches con garra como la pizzería Pedro Telmo. El mozo que atiende en la calle Bolívar del barrio San Telmo es el alma de la pizzería y se desplaza por el local recogiendo animadamente, mesa a mesa, los pedidos de los parroquianos, mientras yo me dejo llevar por la conversación lenta, intermitente a la que Daniel me ha acostumbrado desde que nos conocimos, nueve o diez años atrás, una tarde en que me mandó a buscar en taxi al aeropuerto para alcanzar a ir a la cancha de Lanús a verlo jugar contra Racing.
Los que no conocen a Daniel podrían llegar a ponerse nerviosos si se sientan con nosotros a la mesa, gracias a los reiterados y prolongados vacíos que suelen instalarse entre cada palabra dicha, entre cada frase construida con aparente dificultad pero extraordinaria fluidez al ponerle punto final a la oración. Lo notable de esta manera morosa de charlar es que uno se contagia y ya no concibe otra manera de hacerlo, al menos con él.
Las conversaciones con Daniel se toman todo el tiempo del mundo para meterse en tu sangre, y cuando nos despedimos no sé demasiado sobre aquello de lo cual hablamos, pero sí sé que llevo conmigo una sensación, una atmósfera, dos o tres escenas y un par de poemas a medio escribir. ¿Hay mejor manera de concluir una conversación? Me gusta esta manera de encontrarme con un amigo. Nunca tenemos propósitos muy claros cuando nos vemos, lo que está lejos de impedirnos hacer cosas que requieren tremendas dosis de coordinación.
El sábado me llevaron a una librería de viejos en Palermo llamada 1690 Tierra Adentro que pronto va a cerrar, porque el arriendo del local es muy caro. En la puerta había un letrero pintado, de madera, bonito, anunciando el horario: "Abrimos cuando llegamos, y cerramos cuando nos vamos". Ese es el espíritu de mi amigo Daniel, que como buen ocioso con temperamento de artista debe trabajar bastante en los tiempos que corren para poder vivir, y ya quisiera tener más horas del día para viajar sin rumbo nítido. El horario de 1690 es el mejor horario imaginable, un horario no apto para espíritus demasiado organizados, probablemente complicado para sustentar un negocio, pero que garantiza un asunto esencial: que se está cuando se está, que si el boliche está abierto, hay un alma en él dispuesta a encontrarse con otra. El contrapunto a esta manera de fijar un horario es esa repartición ocupada por espíritus atormentados y frustrados, que deben cumplir una jornada normalmente extensa pero que en general la llevan a cabo con desgano e incluso molestia. Son lugares donde se abre una puerta y se puede pasar, lugares donde muchas veces hay guardias controlando a los que entran y salen, lugares donde cuesta más ser y estar.
Mi amigo Daniel Riera es escritor y periodista, y entre otros muy buenos libros publicó uno que se llama Buenos Aires Bizarro en donde narra y muestra el rostro menos visible de su ciudad. Hay un capítulo de Buenos Aires Bizarro que en parte le cambió la vida a Daniel, o al menos le agregó un ingrediente inesperado. Lo resumo: escribió sobre los ventrílocuos de Buenos Aires organizados en una asociación, los ventrílocuos quedaron tan felices con la mención en el libro que lo invitaron a la cena anual de ventrílocuos de Buenos Aires, en la cena se sorteó un muñeco de ventrílocuo y ya pueden adivinar lo que siguió: Daniel ganó la rifa, se quedó con el muñeco, lo bautizó al poco tiempo como Oliverio (en homenaje al poeta Oliverio Girondo), aprendió el oficio durante meses tomando clases intensivas y ahora es un ventrílocuo de tomo y lomo que se pasea con su muñeco sin dejar de escribir libros, buenos libros, y dando shows de Paco y Oliverio en salas pequeñas de su querido Buenos Aires. Daniel mejora mi Buenos Aires; y cuando llegué esta vez me esperaba con un regalo: la poesía completa de Francisco Urondo. El primer poema que leí: "La amistad, lo mejor de la poesía": "Tengo los mejores amigos de la tierra y los quiero de corazón, con toda mi mala memoria (...) Qué daría por verlos fundamentalmente alegres y despreocupados, pero nadie tiene el dinero suficiente. A veces, cuando nos sentamos a charlar y a tomar un poco de vino, se terminan por un rato las catástrofes, se diluyen con el calor del humo".
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Posteado por: Hugo Hernan Orellana Guzmán 22/08/2011 21:31 [ N° 1 ] |
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