Francisco Mouat
Sábado 27 de Agosto de 2011
Ausencias


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Tengo copiadas en papel y enmarcadas en madera unas diapositivas que mi padre tomó cuando yo era niño y después muchacho. Escenas que recuerdo sin necesidad de volver a verlas. Junto a mi madre y mis hermanos mayores, Víctor y Cristián, pisando arena volcánica con el lago Villarrica al fondo. Mi abuelo Arnaldo disfrutando una copa de vino mientras mi abuela Amalia se zampa algo parecido a una empanada de pino en alguna festividad dieciochera remota, en la terraza de una casa que habitamos en calle San Vicente de Paul durante más de veinte años; los que estamos en la imagen miramos fijamente a la cámara, seguramente por instrucción de mi padre. Yo de unos cuatro años con la vista fija en el primer libro del que tengo recuerdo, Alí Babá y los cuarenta ladrones. Mi mamá, hermosa y sonriente, con mirada azul, luciendo un sombrero de Guillermo Tell que hoy me encantaría volver a verle puesto por el puro gusto de hacerla jugar, como veo que acostumbraba en muchas de las imágenes que conservo de esos años.

Las fotografías, cuando el tiempo y la vida les pasan por encima, registran presencias fugaces y ausencias eternas. Me animo a sacar estas diapositivas enmarcadas de la bolsa donde las he guardado por tanto tiempo para verlas nuevamente con detalle. Los ausentes cobran un protagonismo inevitable: abuelos, tíos, María Martínez, Catalina. Levanto la vista para escapar y encuentro enfrente mío, colgado en la pared, mirándome a los ojos, un retrato alucinante de Raúl Ruiz que le tomó años atrás mi amiga Mabel Maldonado. Las venas de sus manos, la taza de café sostenida con pulso seguro, el bigote cano bien cuidado, un reloj pulsera sobrio con correa de cuero negro insinuándose en la muñeca izquierda, camisa azul oscura, botones blancos, chaqueta negra, ojos serios, mirada serena. El Raúl Ruiz que aún no enfermaba retratado por una fotógrafa atenta, que compone un cuadro que sólo existe en su fotografía y en la mente de los que la vemos y asociamos ese rostro con películas delirantes, irónicas, bellas, lúdicas, sucias, fantásticas, incomprensibles, impredecibles.

Raquel Alvayay me prestó un libro del fotógrafo argentino Gustavo Germano. Se llama Ausencias. Quince historias, quince casos de secuestro y desaparición por la dictadura militar convertidos en manos de Germano en quince planetas para visitar. Una imagen de álbum familiar, capturada cuando el ausente estaba vivo, es recreada treinta años después, incorporándose en la nueva toma la ausencia del que no puede asistir a la convocatoria porque es un detenido-desaparecido. Uno de ellos, Eduardo Germano, hermano del fotógrafo, detenido en Rosario en diciembre de 1976 cuando vivía clandestino y había acordado una cita para encontrarse con sus padres.

Una playa de Entre Ríos, un asado en el campo, una sobremesa de domingo en casa de los suegros, un otoño de 1966 registrado con la cámara fotográfica comprada con el primer sueldo, la celebración de un matrimonio religioso en la ciudad de Concordia, un alto en el camino a Reconquista, a un costado del arroyo Espinillo, en la casa del hermano, compartiendo secretos adolescentes en el barrio, una primavera de 1970 en una familia de trece hermanos, un estudio fotográfico cercano a la frontera con Uruguay, del brazo de la madre en el Centro Español de Concordia, junto a un amigo y la hermana en la cocina, escuchando la radio en el comedor acompañado de mamá un día en que juega San Lorenzo de Almagro, en la casa de los abuelos. Quince escenas reconstruidas treinta años después para marcar esa ausencia viva que interviene las nuevas imágenes construidas por Gustavo Germano.

Me detengo en mis propias ausencias, de mi cuerpo y otros cuerpos.


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