
Años Luz se llama el café de Concepción donde presentamos un par de semanas atrás el último libro de Tito Matamala: La noche de los muertos vivientes. El café de Antonio Astete queda en la Diagonal Aguirre Cerda, cerquita de Chacabuco, y sobrevivió sin mayores complicaciones al terremoto. La gracia fue doble: el café permaneció en pie, prácticamente intacto, y también las numerosas antigüedades que son parte del alma del lugar. En el corazón de una ciudad que aún exhibe huellas de la tragedia, Años Luz se levanta como uno de los mejores refugios imaginables para pasarse la vida en Concepción sin temor a que un nuevo terremoto te dispare por la ventana.
En ceremonia privada, rodeados de puros amigos, celebramos junto a Tito la existencia de un libro que transita desde el humor negro sin contemplaciones de un periodista y escritor avecindado en Concepción hace cerca de treinta años, hasta la emoción legítima que provoca el último relato, cuando Matamala narra en primera persona cómo sobrevivió al gran terremoto del 27 de febrero.
Tito coincide conmigo en que La noche de los muertos vivientes es su mejor libro. “El más maduro”, dice él. “El mejor escrito y el más despiadado”, agrego yo. Lo publicamos juntos en marzo de este año, y la edición independiente poco a poco ha ido encontrándose con sus lectores. Para presentarlo en Concepción, volví a leerlo. Lo gocé nuevamente y me reí mucho, como cuando era joven y leía las novelas más divertidas de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras o La Tía Julia y el escribidor. O esa novela de Jaime Bayly que nunca he vuelto a ver en ninguna librería: Los últimos días de La Prensa. La historia de un diario limeño decadente que vive sus últimos horas y al que llega un muchachito bien que debe haberse parecido mucho al propio Bayly. El relato del peruano es tan desmadrado como el que Tito Matamala hace en La noche de los muertos vivientes de un diario de provincia de Concepción de corta vida, llamado Hora 12, un matutino de baja estofa cuyo propietario era además dueño de restaurantes y fuentes de soda, razón por la cual la secretaria tenía que repartirse en sus funciones: “Y cuando los periodistas necesitaban que la secretaria les ayudase en una de esas tareas mínimas de secretaria –el envío de un fax, la recepción de un sobre, la toma de un recado de una fuente noticiosa– debían ponerse a la cola porque la señora también atendía a los proveedores del refectorio a sus espaldas: bolsas de papas fritas cortadas en forma de palos, bolsas de vienesas selladas al vacío, cajones de tomates y paltas y barriles de cerveza para las máquinas surtidoras”.
En otra de sus historias, todas ellas tan reales como puede serlo la biografía de Tito, aparece Fifí, el director de un canal de televisión universitario y de cable, que a veces prestaba su Opala dos puertas y sucio como un chiquero para que el vehículo hiciera de móvil por la ciudad: “En una de esas amanecidas en el estudio, bebiendo pisco seco y comiendo pan duro y queso gauda, con la Ximenita y la Tania –mis fieles compañeras– llegamos a la magistral conclusión de que la televisión envenena el alma, lema que aún sostengo como bandera de lucha y que veo aplicado a cualquier amigo o conocido –o alumno– que se le ocurre incursionar en ese mundo: la televisión envenena el alma”.
La noche de los muertos vivientes incluye al Príncipe Gitano, un cantante y bailarín que terminó pegando letreros en los árboles de Concepción para promocionar despedidas de soltero, y a un supuesto cineasta penquista que profitó de becas estatales para financiar sus correrías ajenas al séptimo arte gracias al auspicio de cierta prensa. Cuando el joven cineasta mostró finalmente su cortometraje, después de años de producción, casi lo lincharon por malo. ¿Se acuerdan del falso estudiante francés o catalán que embaucaba universitarias del sur con su acento extranjero y al final terminó preso, porque acababa robándoles computadores y plata de la tarjeta de crédito? Es otra de las historias del libro, igual que el curioso vínculo que alguna vez conectó a Matamala con el empresario Carlos Cardoen y lo llevó a escribir una novela de la que Tito prefiere no hablar porque es muy mala. La historia verdadera, que es doscientas veces mejor que su novela, es la que se cuenta aquí, y comenzó el día en que Tito dibujó un chiste en la portada del diario Hora 12 que acabó con Matamala despedido de una patada al día siguiente. La caricatura decía: “Carlos Cardoen apoya el proyecto del Mercado. Se pone con dos racimos”.
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