Francisco Mouat
Sábado 17 de Septiembre de 2011
Café Marisol (3)


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Hay una historia que llevo conmigo desde hace varias semanas. Almorzaba solo y tranquilo en Café Marisol una cazuela de vacuno mirando hacia la calle, como acostumbro, cuando entraron al local una pareja y su hija adolescente. Nunca antes los había visto en el café. Como Café Marisol es pequeño, resulta casi imposible no reparar en los que entran o se van. Había sólo una mesa desocupada, delante mío. El padre sostenía a la hija con sus dos brazos, y al avanzar advertí que la muchacha presentaba una discapacidad que le impedía desplazarse sola. Tardaron algunos minutos en ponerse cómodos. La madre y su hija quedaron sentadas dándome la espalda, mientras que al padre lo tenía de frente, a tiro de cámara.

Como es habitual en Marisol a la hora de almuerzo, Enrique les llevó pan y pebre y tomó la orden después de detallarles el menú del día: sopa o ensalada y un plato de fondo entre tres o cuatro alternativas. No pude seguir pensando en la cazuela o en cualquier otra cosa que no fuera lo que sucedía frente a mí, en esa mesa. La mirada del padre a su hija, amorosa, casi embobada, con un brillo en los ojos que tal vez lo soñé; la manera delicada en que esta madre le dio la sopa en la boca lentamente, sorbo a sorbo, a esta muchacha que no parecía completamente ausente, pero que no hablaba y que en estas cosas, domésticas y cotidianas, como sentarse a una mesa o tomar una sopa, no podía valerse por sí misma, me permitieron asistir a una intimidad que disparó mis pensamientos. ¿Sería ella su única hija? ¿La mirarían y la tratarían siempre con la misma delicadeza y amor con que yo estaba viendo que la trataban en este cotidiano almuerzo de un día cualquiera de 2011?

Permanecí agazapado, alargando el café, para no perderme detalles. No sé si sabría reconocer a esta pareja de ciudadanos en el caso de que se cruzaran ahora delante mío en la calle sin su hija adolescente. Eran físicamente comunes y corrientes. Creo que él llevaba chaqueta y corbata, igual que miles y miles de empleados en la gran ciudad, y que ella vestía como visten la mayoría de las mujeres de cuarenta años que trabajan en alguna oficina de Santiago. ¿Venían del doctor? ¿O de ir a comprarle zapatos o alguna prenda de vestir? ¿O la muchacha se encargó de hacerles saber que ese día necesitaba más que nunca su compañía porque se sentía triste y sola, y lo mejor sería salir a almorzar fuera de casa? ¿Pasó ella buena noche? ¿O se mantuvo en vela pensando en los que podían vivir con menos dificultades motrices? ¿Se ha enamorado alguna vez y ha perdido la razón por amor?

Pensé en mis hijos. Y en si yo soy delicado en mis movimientos cuando me siento a la mesa con ellos. Y por supuesto supe que esta pareja me estaba enseñando a tratarlos. Entendí, aunque luego lo olvidara, y aunque hoy escriba estas líneas y vuelva a recordarlo, que no hay mejor manera de aproximarse a otro que no sea dejándole un espacio a la posibilidad de quererlo. Aunque fuera levemente. Tal vez no sea necesario querer demasiado. Tal vez no sea tan difícil hacerlo. A lo mejor me estoy volviendo loco.

El otro día leímos en voz alta con mi querida Edite Barbosa, ella en portugués y yo en castellano, el poema "Los Estatutos del Hombre" de Thiago de Mello, traducido por Neruda. El poema, demasiado utópico para algunos y por eso mismo tal vez ajeno a la condición humana, propone una serie de decretos que aseguren un mundo menos feroz y más amable, y a unos habitantes de la Tierra capaces de convertir cualquier día de la semana, "inclusive los martes más grises, en mañanas de domingo". Sólo una cosa queda prohibida, escribe Thiago de Mello en los Estatutos: "Amar sin amor".

No sé si volveré a ver alguna vez en mi vida a esa pareja junto a su hija adolescente y discapacitada. Donde sea que estén, ojalá queriéndose tanto como vi que lo hacían en Café Marisol: gracias.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
sonia reyes weber
21/09/2011 16:14
[ N° 1 ]

Apreciado Francisco,leo semanalmente tu columna, siempre me deleita,pero ésta me conmovió. Yo viví junto con mi esposo una experiencia semejante, por largos años entregando mucho amor a una hija diferente.Te felicito por tu interés en personas que necesitan tanto afecto, citándolas en tu página como tus recuerdos para Amalia en su jardincito deEliecer Parada. Gracias Francisco por cada Sábado. Con todo afecto Sonia Reyes Weber.

Posteado por:
Milton Vega Montenegro
23/09/2011 20:30
[ N° 2 ]

Tenemos un hijo de 3 con necesidades especiales... le entregamos toda nuestra energía y todo nuestro amor. Y con mi mujer nos damos por pagados sólo con el hecho de verlo despertarse en la mañana. Que simple.
Como siempre me reconforta tu columna que guardo para leerla los viernes en la tarde.
Un abrazo

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