Francisco Mouat
Sábado 24 de Septiembre de 2011
Con el alma


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Días atrás expuse sobre el alma. Qué decir, además de que no sé casi nada sobre ella, salvo que me importa, que se parece mucho al espíritu y que escribo con frecuencia el vocablo que la nombra: alma.

Revisando lecturas posibles que acompañaran estas cavilaciones sobre el alma, me crucé con el último texto en prosa que escribió Raymond Carver. Era un hombre joven, pero estaba muy enfermo, sabía que le quedaban solo semanas o meses de vida, y tenía que hablarle a un puñado de estudiantes de la Universidad de Hartford que se graduaban y se supone tenían casi una vida entera por delante. Entonces Carver eligió una frase de Santa Teresa a la que recurrimos como si se tratara de un respiradero cuando trabajamos con las palabras: “Las palabras que llevan al obrar preparan el alma, la ponen presta y la mueven a la ternura”. Carver les explicó a los graduados su elección: “Casi diría que hay algo místico en estas palabras al decirlas con total convencimiento. Percibimos la frase como un eco de otros tiempos más considerados. La utilización, por ejemplo, de la palabra alma, una palabra que apenas se utiliza fuera del ámbito de la iglesia o de la sección soul de una tienda de discos”.

Les decía Carver a los estudiantes que el alma puede habitar las palabras dichas y escritas, y que por lo mismo hay que cuidarlas, respetarlas, escogerlas con delicadeza, y sobre todo vincularlas a la acción que de ellas pueda desprenderse. Lo peor que le puede suceder a una palabra es existir como tal, lucir un cuerpo y estar vacía, ser sólo cáscara, caparazón, no resistir la trizadura natural de la vida o dejar en evidencia al primer combate lo falsa que es. “Presten atención al espíritu de vuestras palabras, de vuestro actos”, remató Carver, “es suficiente preparación. Cuando hayan pasado unos cuantos meses y lo único que recuerden sea haber asistido a un largo acto público para celebrar el final de una época de vuestras vidas, intenten no olvidar que las palabras, las palabras correctas y verdaderas, pueden tener tanto poder como los actos”.

Sandra Lorenzano ensayó un día unas instrucciones imposibles para escribir: “Escribir para intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos, escribió Marguerite Duras. O escribir para no morir, quizás. O para no ser más que palabras. Escribir porque no podemos hacer otra cosa; porque no queremos hacer nada más. Escribir rodeados de libros aunque eso nos lleve al silencio. Escribir con todo el cuerpo. Escribir por los que no están”. Escribir con el alma, agrego.

¿Por qué escribe usted? se titula un gran poema de Óscar Hahn: “Porque el fantasma porque ayer porque hoy:/ porque mañana porque sí porque no/ Porque el principio porque la bestia porque el fin:/ porque la bomba porque el medio porque el jardín”. Léanlo completo, lleguen hasta el último verso, y luego lean el poema que Wislawa Szymborska le dedicó al alma, que en una de sus estrofas dice: “Podemos contar con ella/ cuando no estamos seguros de nada/ y tenemos curiosidad por todo”. Szymborska sabe que no hay punto de partida más vital que no saber, y sale a buscar las palabras con las cuales viajará incierta, curiosamente.

Sólo se puede escribir de aquello de lo que no sepas demasiado, pensaba Goethe. Una proposición fascinante. Buscar, husmear, orbitar, trazar una ruta nunca antes recorrida, avanzar a tientas, retroceder, desviarte en el camino, detenerte, creer que llegas y no llegar. “Porque escribí no estuve en casa del verdugo”, escribe Enrique Lihn, “ni me dejé llevar por el amor a Dios/ ni acepté que los hombres fueran dioses/ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz/ ni el poder una cosa deseable (…) Pero escribí y me muero por mi cuenta,/ porque escribí porque escribí estoy vivo”.

“Porque escribí” se llama el poema de Lihn. Un poema para ser leído con los ojos bien abiertos, sin perderse detalles de las palabras que lo habitan, de los pliegues insinuados, del silencio profundo e inevitable que provoca terminar de leerlo. Un poema escrito con el cuerpo y con el alma.

4 Comentarios publicados
Posteado por:
Rafael Rosende Alvarez
24/09/2011 09:48
[ N° 1 ]

PORQUE ESCRIBÍ Y ME MUERO POR MI CUENTA...

"Como muchos de sus libros de poesía,
pienso, 'Diario de muerte' es una bitácora.
Registra un trayecto que esta vez
tiene una dimensión espacial distinta (...)
este libro es un registro
de lo que sucede en un lugar,
y también una expedición exploratoria.
La 'poesía situada' de la que hablaba
en sus conversaciones con Pedro Lastra
se sitúa aquí en los paraje de la muerte.

De estos parajes quería escribir.
Quería obsesivamente escribir.
El cuaderno bien armado,
con título y portada,
con los poemas en un orden inicial
que respetamos al publicarlo,
se iba desarmando
hasta ser una caja de papeles,
de borradores, de fragmentos.

La letra elegante y clara
(reprodujimos dos poemas manuscritos
en la edición de 1989)
se iba volviendo vacilante
y a veces muy difícil de leer.

Hacia el final, sólo creía escribir.
Son esos sus originales más desgarradores:
las líneas sin letras, las alzas y bajas
de un lápiz que no alcanza a delinear caracteres.

Estando en cama,
perdía tantas veces el lápiz
que terminó por pedir que
se lo amarráramos a la muñeca.

Hacía el gesto de escribir hasta la desesperación:
hasta pedirme que le tomara dictado.
Pero cuando esto sucedió,
dictaba dos versos y luego perdía el hilo,
para cerrar los ojos, cansadísimo, frustrado,
sabiendo que no había llegado a hacer un poema.

Una mañana, cerca del final,
la enfermera llamó a mi oficina (...)
quería que lo vistieran:
estaba desesperado por eso:
quería salir. Le dije a ella
que no lo contrariara y partí a verlo.

Estaba parado al lado de una mesa.
Tenía puesto un traje que le colgaba,
camisa, calcetines, zapatos.
Había enflaquecido muchísimo.

De la muñeca colgaba su lápiz.
Y, con los ojos muy abiertos,
se le veía desorientado
-había hecho el gesto de levantarse,
y luego, como al querer dictar los poemas
que no alcanzaba a escribir,
había perdido el impulso.

Si no hubiéramos estado
en un tercer piso sin ascensor,
tal vez habría podido llevado
en auto algunas cuadras.
Pero allí sólo pudo tenderse otra vez,
vestido, mirando hacia arriba.

Parado ahí cuando llegué,
con ese traje y esos ojos, pensé después,
parecía el reportero de la muerte.
.
Se había levantado para trabajar..."

_____________________________

Enrique Lihn: vistas parciales
Adriana Valdés
Colección Contrapunto
Editorial Palinodia (Santiago de Chile, 2008)

Posteado por:
Rafael Rosende Alvarez
24/09/2011 13:13
[ N° 2 ]

«Pero escribí y me muero por mi cuenta(...)
porque escribí esto vivo»

Esas líneas memorables citadas por Francisco Mouat,
me traen a la memoria el conmovedor relato
de Adriana Valdés en su libro
'Enrique Lihn: vistas parciales'
(Palinodia, 2008):

"Como muchos de sus libros de poesía,
pienso, 'Diario de muerte' es una bitácora.
Registra un trayecto que esta vez
tiene una dimensión espacial distinta (...)
este libro es un registro
de lo que sucede en un lugar,
y también una expedición exploratoria.
La 'poesía situada' de la que hablaba
en sus conversaciones con Pedro Lastra
se sitúa aquí en los paraje de la muerte.

De estos parajes quería escribir.
Quería obsesivamente escribir.
El cuaderno bien armado,
con título y portada,
con los poemas en un orden inicial
que respetamos al publicarlo,
se iba desarmando
hasta ser una caja de papeles,
de borradores, de fragmentos.

La letra elegante y clara
(reprodujimos dos poemas manuscritos
en la edición de 1989)
se iba volviendo vacilante
y a veces muy difícil de leer.

Hacia el final, sólo creía escribir.
Son esos sus originales más desgarradores:
las líneas sin letras, las alzas y bajas
de un lápiz que no alcanza a delinear caracteres.

Estando en cama,
perdía tantas veces el lápiz
que terminó por pedir que
se lo amarráramos a la muñeca.

Hacía el gesto de escribir hasta la desesperación:
hasta pedirme que le tomara dictado.
Pero cuando esto sucedió,
dictaba dos versos y luego perdía el hilo,
para cerrar los ojos, cansadísimo, frustrado,
sabiendo que no había llegado a hacer un poema.

Una mañana, cerca del final,
la enfermera llamó a mi oficina (...)
quería que lo vistieran:
estaba desesperado por eso:
quería salir. Le dije a ella
que no lo contrariara y partí a verlo.

Estaba parado al lado de una mesa.
Tenía puesto un traje que le colgaba,
camisa, calcetines, zapatos.
Había enflaquecido muchísimo.

De la muñeca colgaba su lápiz.
Y, con los ojos muy abiertos,
se le veía desorientado
-había hecho el gesto de levantarse,
y luego, como al querer dictar los poemas
que no alcanzaba a escribir,
había perdido el impulso.

Si no hubiéramos estado
en un tercer piso sin ascensor,
tal vez habría podido llevado
en auto algunas cuadras.
Pero allí sólo pudo tenderse otra vez,
vestido, mirando hacia arriba.

Parado ahí cuando llegué,
con ese traje y esos ojos, pensé después,
parecía el reportero de la muerte.
.
Se había levantado para trabajar..."

Posteado por:
Pamela Qimporta Nada
25/09/2011 14:13
[ N° 3 ]

Cada vez que escribo algo en mi blog anónimo dejo algo de mi alma en ello, las palabras son la clave para poder expresar aquello que sentimos y los pensamientos, algunos más ocultos que otros, se desnuda parte del alma, pero a la vez expresarla toda es imposible, porque es infinita, siempre que se habla de estas cosas, faltan las palabras o sobran...

Saludos

Posteado por:
Edo. Romero G.
26/09/2011 18:33
[ N° 4 ]

¿ por qué Noe está disponible,
para opinar,
la columna de Patricia May ?

Está Muy buena !
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