
En una pieza de Ñuñoa, con la luz apagada y el televisor encendido, un puñado de ciudadanos vemos en silencio la última película de Patricio Guzmán: Nostalgia de la luz. No vuela una mosca durante los noventa minutos del documental. No suena un celular. Estamos con los cinco sentidos puestos en la pantalla, la mente y el espíritu, traduciendo a nuestra propia lengua un filme que, al menos a mí, me interroga y me conmueve.
Habrá quienes no querrán verlo. Aquellos a quienes les molesta que entre sus protagonistas no haya sólo astrónomos, telescopios, arqueólogos, galaxias y constelaciones, sino también familiares de detenidos-desaparecidos que aún buscan restos con una pala en el desierto de Atacama, el mismo privilegiado desierto desde donde podemos mirar las estrellas mejor que en ningún otro lugar de la Tierra. Hay gente sin memoria que reclama hasta cuándo escarban en el pasado, como si lo ocurrido hace treinta o cuarenta años deba olvidarse y abandonarse. A veces son los mismos que aplauden los últimos hallazgos de la comunidad científica en materia de astronomía o arqueología. Celebran lo que no los compromete, una vida medida en años luz, en tiempos siderales. Les agrada hablar del más allá, de la misma manera que les incomoda pensar en lo que ocurrió frente a sus narices en su galaxia más cercana.
En la película de Guzmán se abre el cielo para interrogar al infinito, y se escarba entre las piedras para interrogar el pasado reciente. Hay un astrónomo joven, Gaspar Galaz, que nos explica que el presente en estado puro no existe, y que ellos, los astrónomos, trabajan con el pasado haciéndose una y otra y otra pregunta más, convirtiendo su oficio y su pasión en una búsqueda permanente de respuestas que jamás estarán completas. Hay un arqueólogo de experiencia, Lautaro Núñez, que sabe que entre las piedras hay momias altiplánicas y dibujos grabados en las rocas que revelan una manera de vivir, de ser y de pensar. Y que sabe también que los restos de una salitrera abandonada, Chacabuco, fueron la estructura escogida para montar un campo de prisioneros en la dictadura de Pinochet. Hay un arquitecto con una pasmosa capacidad para recordar los espacios en que estuvo detenido y luego dibujarlos con exactitud. Hay un preso de Chacabuco que habla de la magnífica sensación de libertad que experimentaban cuando se instalaban a mirar las estrellas con un telescopio artesanal fabricado por ellos mismos. Hay mujeres familiares de ejecutados en Calama que no quieren morirse sin antes haber encontrado los restos de sus seres queridos. Ellas también sienten nostalgia de la luz y quisieran por un momento dejar de rastrear el suelo para mirar al cielo. Hay una astrónoma joven, Valentina Rodríguez, cuyo testimonio es vital en la película. Es hija de padre y madre detenidos-desaparecidos y fue criada por sus abuelos. Hoy está casada y tiene dos hijos. Se ríe cuando le dicen que no se nota que es hija de detenidos-desaparecidos. La astronomía la ha ayudado a darle otra dimensión al dolor, la ausencia, la pérdida. Ella ha comprendido gracias a su oficio que el ciclo vital no termina con la muerte física, que la materia siempre se recicla. Las estrellas mueren para que surjan otros planetas, para que haya vida. Los abuelos que la criaron le enseñaron el valor de sus padres, la fuerza de sus ideales, a la vez que la ayudaron a sobreponerse al dolor regalándole una niñez sana y alegre. Hay una reflexión permanente sobre la memoria: “Los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente. Los que no tienen memoria, no viven en ninguna parte”.
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