
Una muchacha bonita me dijo: leamos poesía. Fue como un ruego. Y nos pusimos en campaña. Cada uno debía traer la poesía que más le gustara, la que quisiéramos leerle a los demás con entusiasmo. Mientras hacía mi primera selección revisando estanterías, reparé en el espacio cada vez mayor que ocupa la poesía en mi biblioteca. Separé, para empezar, veinte o treinta libros. Y recordé una frase de Teillier: que desde que se puso a leer poesía y a escribirla, nunca más distinguió entre poetas chilenos y poetas extranjeros, entre otras cosas porque no tenía ningún sentido preguntarse qué era lo chileno.
Busco el texto en que Teillier dijo eso, y lo encuentro en su ensayo titulado "Sobre el mundo que verdaderamente habito", que ahora figura como prólogo de la nueva y bella edición de Muertes y maravillas: "La poesía es la universalidad, que fundamentalmente se obtiene por la imagen. 'La muerte que está ante mí como el chubasco que se aleja' del arpista del Antiguo Egipto es también 'la muerte es grande y somos los suyos' de Rilke, y el tiempo es un río en Heráclito y Jorge Manrique".
Esa primera vuelta por la biblioteca dejó muchos nombres sobre la mesa: entre los nacidos en Chile, Parra, Neruda, Mistral, Gonzalo Rojas, Ennio Moltedo, Enrique Lihn, Teillier, Bertoni, Cuevas, Pohlhammer, Bolaño, Huidobro, Millán, Mané Zaldívar, más dos o tres estupendas antologías de poesía chilena en que los poetas se multiplicaban y sumaban veinte, treinta, cuarenta. Después hubo que sumar a los extranjeros de los otros estantes: Szymborska, Segovia, Milosz, Gelman, Borges, Vallejo, Dylan Thomas, Walt Whitman, y me detengo aquí para no aburrir con listados, agregando al sueco Tranströmer, el nuevo Nobel de Literatura, de quien alcancé a leer en estos días unos seis o siete poemas, entre ellos "Góndola fúnebre N°2," que me pareció buenísimo, un poema donde se recrea un paseo en góndola de dos portentos de la música, Liszt y Wagner: "Soñé que llegaba tarde el primer día de clases./ Todos en el salón llevaban máscaras blancas/ sobre el rostro./ Imposible decir quién era el maestro".
La vida apenas alcanza para leer una mínima parte de la literatura escrita para nosotros, esa literatura con la que nos encantará cruzarnos y no separarnos más. Hay cientos de estanterías ocupadas por libros de poesía que aguardan que los tomemos y sepamos qué mundos habitan en ellos. Vincularnos a la poesía puede ser una manera de salvarnos, como le ocurría a Teillier: "Tal vez alguna vez ya no escriba más poesía, tal vez siga en esta tarea que nadie sino yo mismo me he impuesto, no para vender nada, sino para salvar mi alma, en el sentido figurado y literal".
Mario Valdovinos me recordó el otro día en un café esta frase de Teillier, y la celebramos juntos. Habría que ampliarla, o crearle una segunda parte: sustituir la palabra escriba por lea para que no sólo ayude a los poetas, sino a los que la leemos y queremos poesía en nuestras vidas.
En su poema "El poeta de este mundo", dedicado a René-Guy Cadou, Teillier escribe: "Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,/ que no significa nada si no permite a los hombres acercarse y conocerse./ La poesía debe ser una moneda cotidiana/ y debe estar sobre todas las mesas/ como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo./ Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,/ que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda (...) La poesía/ es un respirar en paz/ para que los demás respiren,/ un poema/ es un pan fresco,/ un cesto de mimbre./ Un poema/ debe ser leído por amigos desconocidos/ en trenes que siempre se atrasan,/ o bajo los castaños de las plazas aldeanas".
Una muchacha bonita me dijo: leamos poesía. Fue como un ruego. Y nos pusimos en campaña.
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Posteado por: Daniel Beza Islas 24/10/2011 07:16 [ N° 1 ] |
"La poesía debe ser una moneda cotidiana/ Sí, bueno... primero saludar esta columna. Pero antes del deber estar ahí en tantas partes la poesía, el lenguaje... y los clic clic que va haciendo en la cabeza. Clic clic tal o cual verso... te pega, la poesía, el lenguaje, cómo te remece un verso? Lo lees y te queda grabado y reverbera y no hay que sino repetirlo treinta veces, lento, rápido, cantado... todas deslumbrado. Las treinta veces el clic clic. |
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