Francisco Mouat
Sábado 12 de Noviembre de 2011
Hay vida, muchacho


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Un amigo me envía un mensaje de texto a las dos de la mañana desde el Marabú. Es día de semana. Está solo en la mesa del rincón, las ampolletas no son de mucho “wataje” y por eso mismo no despiden mucha luz, el televisor está apagado, Shakira se pasea por entre las mesas husmeando en el suelo algún resto de comida sin levantar la vista, igual que mi amigo, que está con la mirada perdida en un indefinible punto del vaso a esa hora medio vacío, aunque yo creo que en verdad su mente está poblada de recuerdos de amor y palabras afiladas, las últimas. Mi amigo no hizo caso desde que llegó a lo poco que ocurría en las mesas vecinas, que fueron desocupándose a medida que avanzaba el reloj. Estuvo acompañado de dos cortos de pisco y una botella de coca-cola servidos por Arturo, dueño y alma del Marabú. El mensaje de mi amigo durmió en mi celular hasta que desperté temprano en la mañana y lo vi escrito en la pantalla: “Terminé. Nunca me había pegado tan fuerte. Te voy a necesitar”.

Penas de amor ahogadas en pisco y coca-cola una noche de día hábil en la mesa del fondo del Marabú. Penas de amor que Arturo no comentó, salvo cuando al final de la jornada le dedicó un palmotazo en el hombro a mi amigo junto a cinco palabras dichas con la convicción de uno que ya lleva cincuenta años regentando un bar: “Hay vida, muchacho. Hay vida”.

A medida que pasan los días, mi amigo está más tranquilo. Efectivamente había vida al otro lado de la puerta del Marabú, a la mañana siguiente en la ciudad, cuando el efecto anestésico del pisco dejara su lugar al trabajo, por ejemplo.

Vamos en su auto que se cae a pedazos y que despide un fuerte olor a bencina (¿habrá novias que por esta razón te peguen el chute?) camino a un concierto del grupo Congreso en Peñalolén. Vamos contentos, escucharemos buena música y nos tomaremos unas copas. Mi amigo me relata lo sucedido aquella noche en el Marabú y yo le comento que esa mañana tuve el privilegio de escuchar en Valparaíso, en el Festival Puerto de Ideas, al historiador italiano Carlo Ginzburg. Lo acompañó el historiador chileno Claudio Rolle y juntos fueron revisando algunas de las ideas que mueven el pensamiento de Ginzburg. Mi amiga Maricarmen tomó apuntes y junto a la Solcita, la Carmina, la Manuela y el Polo los compartimos después en la mesa del almuerzo. A Ginzburg le parecía interesante preferir como punto de partida “las malas cosas nuevas” a las “viejas cosas buenas”. Suena como una idea de fácil enunciado, pero es de una complejidad brutal. Uno, creo, podría escribir un libro a partir de esa reflexión. Hay en ella una valoración del conflicto, de aquellas interrogantes que no se deben responder sin esfuerzo. De la necesidad imperiosa de renovar, de interrogar, de no seguir rizando el rizo con algo que más parece adorno que reflexión viva sobre el mundo que habitamos. Eso pasaba con Ginzburg. Despedía ideas en sus relatos y a uno le daban ganas de inaugurar mundos con ellas. Hacia el final de su conferencia-conversación, habló de la fascinación y la pasión por el aprendizaje y el encuentro con el conocimiento después de verificar la propia y profunda ignorancia. Como un planeta que está vacío y que uno decide habitarlo para luego asumir el riesgo y el desafío de mantenerse vivo y atento a los signos que de él se van desprendiendo.

Aún aprendo se llama el cuadro de Goya al que se refirió finalmente Ginzburg: un hombre anciano, encorvado, de blanca y larga barba, de pie sujeto por dos bastones, acompañado de la leyenda Aún aprendo. Un hombre en el otoño de su vida, físicamente disminuido, que no renuncia a seguir aprendiendo. Como un hombre golpeado por una gran pena de amor, que en la noche de tormenta busca refugio en un bar de la ciudad, y recibe de un viejo marino dos cortos de pisco, un palmotazo en el hombro y cinco palabras que se parecen muchísimo al cuadro de Goya: “Hay vida, muchacho. Hay vida”.

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