Francisco Mouat
Sábado 26 de Noviembre de 2011
La higuera de Antonio


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Pasé a la librería de Joan, a tomarnos un café y conversar, como acostumbro hacer en el último tiempo. Me puse a mirar las novedades porque Joan estaba ocupado en una chica guapa que le enseñaba las agendas para mujeres que hace y quería llegar a un acuerdo con él para que se vendieran en su librería. Encontré en el mesón –como siempre– algunos títulos que me interesaron: El refugio de la memoria, de Tony Judt; el nuevo volumen de cuentos de Julian Barnes, Pulso; y La metamorfosis del sabueso, selección de ensayos de Horacio Castellanos Moya que la editorial de la Universidad Diego Portales acaba de publicar.

Dejé los libros escogidos en el mesón de la caja y me integré a la conversación. Las agendas para mujeres eran bonitas como su dueña, y ya se había sellado un acuerdo entre ambos para que un número de ellas se quedara en la librería. En un momento Joan le preguntó a la chica guapa por qué se notaba triste, y ella le dijo que había sido un año duro, difícil, y Joan volvió a preguntarle si durante este año se habían concentrado muchas cosas malas, y entonces la chica de las agendas bonitas le contestó que lo último había sido la muerte de su madre, dos semanas atrás. “Suicidio”, agregó. Nos quedamos callados un momento. Hasta que entre todos rellenamos el silencio con reflexiones rápidas sobre la muerte intempestiva, la imposibilidad de despedirse en esos casos, las culpas que uno a veces acarreaba cuando llegaba sin aviso, y de pronto Joan se puso a hablar de Antonio Usano, su padre, que murió de cáncer en España el 23 de agosto de 2007. Joan nos contó que para él había sido sanador despedirse de él, viajar y acompañarlo en sus últimos días, decirle todo lo necesario para despejar las vías y prepararse, hasta donde se puede, para enfrentar una muerte anunciada.

Joan es ateo, como yo, y tal vez por eso se sorprende de sí mismo y sonríe cuando nos dice que hasta la higuera del huerto que cuidaban sus padres en Olot había alcanzado a despedirse de él, esa vez en que, pocos días antes de morir, volvió a exhibir un par de higos maduros después de un largo tiempo en que el árbol sólo daba frutos verdes. Antonio Usano llegó por sus propios pasos hasta el fondo del huertecillo, cerca del río, y pudo disfrutar la carne dulce de un higo y compartirla incluso con todos sus hijos antes de borrarse del mapa.

Joan habla de la higuera de Antonio y no evita emocionarse. Por primera vez escucho su voz quebrada. Joan dice con orgullo que su padre fue obrero textil, y que la única vez que vino a Chile, en el verano de 2007, medio año antes de morir, cuando ya tenía el bicho del cáncer pero nadie lo sabía, estuvo dos meses junto a su mujer, Isabel Quiles, la mamá de Joan, paseando por Santiago y entrando orgulloso a la librería de su hijo, en Providencia. “¿Esta librería es tuya, Joan?”, le preguntaba, y como sabía que eso era cierto, no disimulaba el orgullo grande, el mismo orgullo que sentía Isabel, que ahora está jubilada y vive en Olot, en la comarca de La Garrocha, en Cataluña, y que cuando más joven fue cocinera de escuela en la ciudad y alimentó a decenas de generaciones de muchachos como el propio Joan, que un día emigraron buscando nuevos horizontes o siguiendo el amor de una mujer hasta el otro lado del océano. Joan asegura que su madre prepara la mejor escudella de toda Cataluña, esa sopa enjundiosa que se sirve antes de la carne a la olla.

Es bonito el orgullo que Joan les devuelve a sus padres. No es el orgullo bobo de suponerlos intachables, perfectos, forzosamente buenos. Todo lo contrario: es la sensación física de saberse hijo de, con todos los atados, las pifias, los ripios que moviliza el vínculo. Sangre de mi sangre. Escucho a Joan hablar de Antonio Usano y de Isabel Quiles, y me acuerdo del poema de Gonzalo Rojas a su hijo Rodrigo Tomás. Vale la pena explorar estos versos: “Cuando estemos dormidos para siempre,/ oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo./Entonces,/ no te olvides de gritarnos:/ ‘Heme aquí./ ¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?/ ¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?/ Yo soy el invitado que aguardabais antes de ser ceniza’”.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Pedro Aliste E.
27/11/2011 17:17
[ N° 1 ]

En la página 58 de la revista en papel dice que podemos comentar en este blog la columna de Liberty Valance.

Como no encontré un lugar más apropiado, respondo aquí.

Sr. Valance:

Qué curioso que Mitsubishi San no pueda pronunciar la "r" siendo japonés (acuéldese, hacel, helmanas, Califolnia).

Eso significa que tampoco puede decir harakiri, Akira Kurosawa, karate, origami o samurai.

¡Sayonara!

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