
La pelota es una excusa, me dijo un amigo una vez, hablando de fútbol. Es verdad. Los noventa minutos de partido son un magnífico pretexto para vivir en el juego y el sueño. No importa que la naturaleza te haya hecho malo para la pelota. No importa que tu equipo caiga una y otra vez. Basta con imaginar que eludes a dos o tres en una cancha de pasto y luego disparas al ángulo, allí donde los arqueros no llegan, allí donde las arañas tejen su nido, como relata el Cantagoles Mimica. Recuerdo el primer gol que marqué en mi nuevo colegio durante un campeonato intercursos en sexto básico. De cabeza en la boca del arco frente a un arquero quince centímetros más bajo que yo. No tuve ni que saltar. Ningún brillo. Pero por alguna misteriosa razón no lo olvido. Tampoco olvido que el profesor de ciencias sociales me palmoteó la espalda al finalizar el partido: sabía lo que ese cabezazo significaba para mi autoestima. Yo venía recién llegando a ese colegio y no me hallaba.
Cierto día de 1989 empecé a escribir la dedicatoria de mi primer libro: Cosas del fútbol. Demoré varios días en escribirla. No quería que nadie de los que entonces me importaban quedara fuera del festejo: “A mi abuelo Arnaldo Croxatto, que me facilitaba sus binoculares para ver más de cerca a los jugadores de Audax Italiano. A mi padre, que supo celebrar mi primera comunión llevándome al estadio ese domingo gris del otoño de 1970. A Mónica Blanco, que coleccionaba fotografías de Tito Fouillioux en su diario de vida”. Están en esa dedicatoria mi madre y mis hermanos, mis amores, mis amigos de Apsi, Dolores, “con la que charlé de Boca Juniors en una micro rural el mismo día en que se murió Julio Cortázar”.
Cuando publiqué la nueva edición corregida y aumentada del libro en 2002, la dedicatoria en vez de ser de una página fue de siete. La reviso línea a línea, cuento a sus protagonistas, son más de noventa. Recorrer sus nombres y los episodios narrados es recorrer la vida de uno. La pelota es una excusa: “A Vesna Sekulovic, por esa risa contagiosa con que salvábamos los turnos eternos del Apsi. A José Manuel Sahli, el Tani, por ese asado a la parrilla que hizo para que viéramos juntos la final del Mundial de Francia 98. A Francisco Lombardi, que me llevó en el bus de Sporting Cristal al estadio Nacional de Lima y en los camarines me regaló la camiseta de Julinho, el menudo puntero izquierdo”. ¿Habrá otro libro en el mundo con una dedicatoria que ocupe siete páginas completas? No lo sé. Y si lo hay, me gustaría leerla y que también fuera de fútbol. Es probable que reedite el libro en 2012. La dedicatoria agregará a los nuevos afectos y borrará a ese canalla al que ni siquiera me esfuerzo en nombrar.
Mi hija menor, Agustina, que nació en 2002, me pide de regalo de Navidad una tarjeta de abonada de la U para entrar a galería durante un año corrido. No se quiere perder un solo partido. Está entusiasmadísima con la campaña del equipo. Saca cuentas del próximo rival, pregunta si valen los goles de visita en la final. ¿Querrá ir en las épocas malas, cuando la U ande a los tumbos? Sería hermoso que sí. El hincha se fragua en la derrota. Perder. Saber perder. Masticar una goleada en contra: pedagogía pura.
A veces me pregunto cuál es el sentido de ganar un título para un hincha. Y de celebrarlo como un objetivo en la vida. Entiendo lo que debe ser para el que lo ganó en la cancha. Que jugó el partido, que levanta la copa, la besa, la agita, la pasea junto a sus compañeros frente a los hinchas que gritamos alborozados, y que lo que hicimos fue alentar, pifiar al rival, empujar con nuestros gritos a que los soldados ganaran la guerra que se libraba allá abajo. Qué extraña es la identificación de uno con los colores de un equipo. Qué misteriosa genética la que lo lleva a uno a adorar a un club deportivo y al escudo de una camiseta.
El fútbol que me gusta es amateur. El que es excusa para recuperar lo mejor de la infancia. La del juego y el sueño. Aunque el fútbol no importe nada comparado con la guerra, la muerte, el hambre y la enfermedad. Debe ser por eso mismo que nos gusta y nos apasiona: porque vivimos en el claroscuro, porque nuestras almas son grises, porque necesitamos a la insensatez y a la fantasía como al aire que respiramos.
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