Vida sana
Domingo 08 de Noviembre de 2009
Un nuevo cerro San Cristóbal aparece al recorrerlo con ojos de expertos


Gabriela Bade

El cerro San Cristóbal es un paseo tan típicamente santiaguino, que no pareciera dar más de lo que ya se sabe: la Virgen, el funicular y el zoológico. Pero otra cosa es salir de su lado más urbano y tomarse el tiempo para descubrir sus secretos, escondidos en árboles o bajo las piedras.

"Se requeriría de al menos un par de semanas y visitas todos los días para conocer todo lo que hay acá en cuanto a naturaleza", dice Hernán Merino, jefe de la División de Parques y Jardines del Parque Metropolitano.

Un recorrido de apenas unas horas con un experto en aves y otro en flora puede hacer una gran diferencia. Aunque no es un servicio que el parque ofrezca, hicimos el ejercicio por nuestra cuenta. Y la experiencia es, a decir lo menos, renovadora.

Sin ruido

Es mediodía, y la suerte está del lado nuestro. Aunque se supone que a esta hora las aves están descansando, apenas iniciada la caminata, el ornitólogo Jurgen Rottman divisa un pugilato en el aire. Un tiuque quiere espantar a un peuco (que es más grande), y lo corretea para alejarlo de su nido.

Para ver esta historia, no bastaba con alzar la mirada. La información que da Rottman es un pequeño empujón para buscar a los responsables de cualquier movimiento en las ramas, o detrás de cada canto. Y, con paciencia, se pueden ver pájaros armando nidos o llevando comida a sus crías. Pequeños y cotidianos gestos de un mundo que duerme todas las noches al lado de la Costanera Norte.

"El ruido de los autos, a este nivel, es equivalente al que produce el mar o un río. Para los animales pasa inadvertido", explica Rottman.

Los humanos también pueden abstraerse. Hay 720 hectáreas para hacerlo en este parque urbano, el más grande de Chile y uno de los más grandes del mundo. Claro que de esa extensión total, la mayoría de los visitantes sólo recorre el 30%. Pero hay numerosos senderos que se desvían del camino principal. Y, a modo de dato, mientras más cerca de la cordillera, el paisaje es más autóctono.

"En la medida en que te vas alejando hacia La Pirámide, el paisaje es más natural. Y adrede tratamos de intervenir lo menos posible. En el caso de Los Gemelos (cerca de la piscina Antilén), intentamos mantener la flora y fauna original, porque ése es el típico paisaje de la zona central de Chile, donde está el espino, el colliguay", explica Merino.

¿El cerro no es naturalmente así? "Si no se hubiera hecho ninguna intervención, estaría pelado como el cerro Renca", sigue Merino. Este trabajo, que se hace desde 1925 y que implica producción de plantas y riego permanente, hizo que el lugar fuera amigable para varias especies. "Siempre tratamos de tener agua corriendo en distintas partes. Ahí llegan aves, culebras, conejos; todo tipo de reptiles. Es un ambiente donde la fauna se puede establecer y convivir".

De todos los parques urbanos en Santiago, éste es el que tiene una mayor diversidad de aves. "Sumando las dos temporadas, pueden haber más de 40. Hoy hemos visto al menos 12: paloma, tiuque, peuco, chincol, zorzal, fiofío, chercán, tordo, tórtola, tenca, golondrina y diuca (la escuché, no la vi)", agrega Rottman.

El panorama también incluye águilas, que en este caso no se vieron, pero que sobrevuelan bajando desde la cordillera. "La conclusión es que las especies están. Pero hay que entrenar el ojo para poder verlas", remata Rottman.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Luis Arenas Santibañez
09/11/2009 17:04
[ N° 1 ]

Hoy me costó un mundo levantarme.
Mis muslos no se podían mi cuerpo debido a que, casualmente junto a la salida de este artículo, yo estaba recorriendo en bicicleta los más recónditos pasadizos del parque.
Subimos hasta la Virgen por el camino fácil como es de costumbre y después del correspondiente mote con huesillos, ya de regreso, nos desviamos por los retorcidos recovecos que hay entre los árboles.

Lo reconozco, nos perdimos, pero sin duda ese par de horas que nos costó encontrar un sendero establecido, con la bicicleta al hombro, fue sin duda lo mejor del recorrido.

Vi perros semi-salvajes (abandonados) cazando liebres, aves de distintos tamaños, colores y sonidos, vertientes y riachuelos artificiales, un ermitaño y hasta seres de nuestra especie a punto de preservar el apellido.

En un par de semanas, cuando pueda caminar sin que mis rodillas tambaleen por el agotamiento, me repito el plato.

Sobre el comentario: ""diuca (la escuché, no la vi)"", por un momento pensé como Chileno Picarón, ja.

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