Débora Gutiérrez A.
Son dos niños muy chicos: Sofía de 4 y Cristóbal, de 2 años. Por lo mismo, la paciencia se agota rápidamente y los gritos en casa de Mónica Bravo (ejecutiva de 34 años), no se dejan esperar. "Me cuesta no elevar el tono de voz para tranquilizar los ánimos entre mis hijos, ya que pelean con la misma frecuencia con la que juegan y se quieren. Pero estoy consciente de que debo contar hasta mil para evitar que los gritos sean la única manera de lograr autoridad", confiesa.
El comportamiento de Mónica no es aislado y los expertos comienzan a sindicar a los gritos como la nueva e ineficaz forma de "relacionarse" con los niños. Los gritos suelen ser una "herramienta" que utilizan los padres, generalmente abrumados, para lograr que sus hijos se levanten por las mañanas, no corran en el supermercado o dejen de pelear con otros niños.
Permiso social
"Los padres gritan por falta de paciencia, frustración, impotencia, por miedo a perder su autoridad y porque sienten una lejanía psicológica con sus hijos, a pesar de la cercanía física. Sin embargo, son los gritos los que hacen a un padre perder toda autoridad con sus niños, sobre todo a medida que crecen", asegura a "El Mercurio" el psicólogo español Guillermo Ballenato, académico de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del libro "Educar sin gritar".
Esta dinámica de gritos y niños que hacen caso omiso al evidente aumento de decibeles es algo que, a juicio de la psicóloga y consultora de Unicef, Soledad Larraín, está bastante arraigado en nuestra sociedad. "Lo que vemos en las encuestas de Unicef es una evidente disminución del maltrato físico, pero una especie de 'permiso social' para utilizar los gritos como una forma de imponer autoridad a los hijos.
Pero vociferar a los niños es ineficaz para lograr cambios en su comportamiento, aseguran los especialistas. Estos paralizan, asustan y confunden a los niños, no los instan finalmente a la acción que supuestamente "justifican" que los padres eleven el tono de voz, dice Larraín. Por lo tanto, agrega Gloria Chanes, psicóloga infanto-juvenil, con los gritos no sólo se daña la relación familiar, sino también genera una tremenda culpa en los papás y mucha ansiedad en los hijos.
En efecto, en el libro "Remordimiento" (Mommy Guilt), que reúne los resultados de una encuesta realizada a 1.300 padres de Estados Unidos, las psicólogas estadounidenses Devra Renner, Aviva Pflock y Julie Bort, muestran que dos tercios de los padres confiesan que gritarles a los hijos es una de las principales fuentes de culpa.
Entonces, ¿por qué lo hacen? La sicóloga Devra Renner explica a "El Mercurio" que los gritos responden a un típico padre de la modernidad: sobrepasado por las exigencias laborales, agotado y sin la paciencia necesaria para educar a los niños. "Los padres deben detenerse y preguntarse cómo afectan sus gritos a sus hijos, a su pareja y, en general, a su entorno más cercano. Pero no podemos demonizar a los padres, ya que grita todo el mundo, no sólo los que crían niños".
Más autocontrol
Por eso, propone Guillermo Ballenato, hay que desarrollar nuevos hábitos de comunicación saludables. Los padres son un modelo para sus hijos y deben mostrar autocontrol, ejercitar la paciencia y la reflexión, aprender a contar hasta diez antes de hablar, a escuchar sin interrumpir y a evitar sermonear. "No es tan complicado como parece. Además, los niños de hoy necesitan una autoridad moral, basada más en el ejemplo, el diálogo y el reconocimiento, que en el castigo o en la crítica", reflexiona el psicólogo.
Un, dos, tres... respire
1 Vociferar en una situación volátil y cotidiana con los niños no soluciona el problema; sólo aumenta las posibilidades de seguir gritando cada vez más alto. Intente en ese momento simplemente susurrar; eso serena tanto a los niños como a los padres.
2 No sienta vergüenza de decirle a su hijo que necesita un minuto para calmarse. A menos que la seguridad del niño esté en juego, la mejor opción para un momento de descontrol es detenerse y pensar qué hacer para no reaccionar con un grito, que más tarde le provocará culpa.
3 Considere la posibilidad de un cambio de lugar en ese momento. Si usted está de pie, siéntese. Si está caminando, deténgase. Si está en un lado de la habitación, trasládese al otro extremo. Esto ayuda a romper el patrón grito-desobediencia.
4 Si gritar es su principal medio de comunicación, considere esto: ¿cómo va a saber su hijo cuándo una situación es realmente importante si usted grita todo el día? Evalúe si tras el primer grito al llegar a casa no está encubriendo cansancio, hambre o frustración laboral.
5 Pida disculpas cuando grite. Eso no quiere decir que usted aprueba la transgresión de los hijos. Dígale, por ejemplo: "Te dije cuatro veces que entraras al auto, me sentí frustrada y te grité. En el futuro espero que dos recordatorios sean suficientes".
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