Amalia Torres
Ricardo Nielsen nunca se había subido a una tabla de surf, pero ni la falta de experiencia ni sus cuarenta años le impidieron tomar clases en la playa de Maitencillo el verano pasado.
Sus tres hijas estaban en un taller de este deporte y luego de cuatro días observándolas, decidió intentarlo él también. Además, logró convencer a su mujer, Paula Riveros, de que se atreviera con las olas.
Hoy, la familia Nielsen se ha vuelto adicta al surf y aprovecha cada fin de semana disponible para disfrutar del mar. "Generalmente, en la casa uno va al gimnasio, el otro juega fútbol, y no logramos practicar un deporte en familia. Por eso nos gustó el surf, porque lo hacemos todos juntos", reconoce Ricardo.
Y Paula agrega: "Al principio, la idea era que las niñitas tuvieran algo que hacer en el verano y aprendieran a conocer el mar, a cuidarlo. Pero al final también se volvió una manera de compartir momentos familiares".
Casos como éste se repiten en las distintas escuelas de surf del país y los expertos en el tema han notado el fenómeno: "Ahora es más familiar. Se puede ver al hijo, al papá y al abuelo surfeando juntos", explica Max Petit-Breuilh encargado de la página www.chi lesurf.cl y surfista desde hace más de una década.
"Últimamente incluso hay personas de más de sesenta años que vienen a aprender", asegura José Antonio Hernández, de la escuela Surfinchile, la más antigua de Punta de Lobos, al sur de Pichilemu.
Con ellos coincide Roberto Risoleo, dueño de Maitencillo Surf Camp: "Antes las familias venían para que aprendieran sus hijos, pero en los últimos años los adultos también se atreven y hacen clases juntos".
Hace dos años que las clases de surf para niños desde los cuatro años y adultos de todas las edades se multiplican en Chile. Según explica Nicolás Montabone, de la escuela Natural Surf, en Punta de Lobos, el fenómeno es explosivo y cada año se duplica el número de alumnos.
Gran parte del "boom" por este deporte se debería al surfista Ramón Navarro y sus excelentes resultados en las competencias internacionales: "Es como lo que pasó con el fenómeno del Chino Ríos. Cuando hay figuras destacadas, todos quieren practicar ese deporte", aventura Petit-Breuilh.
En Punta de Lobos, el emblemático bastión de surfistas, el panorama actual ya no es sólo de muchachos jóvenes que llegan atraídos por las olas. En una tarde de enero también se puede ver a un hombre de la mano con su pequeña hija y con una tabla de surf adentrándose en el mar; a un niño de ocho años que espera ansioso que avance el reloj para surfear con su papá, y a otros que aprovechan la arena para pararse sobre la tabla de sus padres, simulando estar en el agua.
Alejandro Celis (40) está tan feliz con su nueva pasión por las olas, que no imagina la posibilidad que alguna vez sus hijos se nieguen a surfear con él.
"Cuando partí con el surf me di cuenta de que era una forma excelente de encontrar tranquilidad y quise compartirlo con mis hijos. Y no importa que al principio ninguno logre pararse sobre la tabla. La adrenalina y el hecho de pasarlo bien están ahí igual", admite.
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