
El paisaje en Américo Vespucio a la altura del paradero 14 se había transformado en un caótico escenario que mezclaba una efervescente infraestructura vial con aquella notoria pobreza visual que produce un desarrollo comunal descontrolado. Alto tráfico, hiper conexión, ruido y una escala bastante ajena al hombre fabricaron uno de los peores lugares alrededor de uno de los cruces más importantes de la comuna de La Florida.
Ahí, en medio de la nada, a fines del año pasado brotaron estos objetos verdes como un proyecto de espacio público al que convocó un concurso de intervención artística gestionado por el MOP y la Comisión Nemesio Antúnez.
Haciendo alusión a las copas de agua de la Autopista Central y a la técnica del topiario, el grupo “Artistas Anónimos SA” planteó un paisaje artificial, ordenando el espacio mediante la repetición de este hongo compuesto por una jaula metálica cubierta por trepadoras que provienen de unos maceteros ubicados en su interior.
En su primera etapa el proyecto contempla ocho de 46 unidades ubicadas en una plaza dura que altera la escala de todo el sector, contribuyendo a generar, en un primer plano, un lugar de encuentro y detención para los transeúntes, que a su vez sirve de hito para la comuna, actuando como referente desde la lejanía.
El nuevo paisaje verde, plástico, abstracto, ironiza de algún modo la cultura de la maceta que gobierna los espacios residuales producidos por el desarrollo de redes viales. Se ríe quizá de una operación ingenua e inmediatista, que no va más lejos que “colocar” floreros donde se encuentre un espacio vacío. Crea un espacio urbano de una estética engañosa y cambiante, dado que su masa está sujeta al tiempo y las estaciones.
Más allá de los efectos que estos monumentales árboles de fierro puedan producir, aquí hay una gestión valiosa para la ciudad. Tratar el tema del espacio público desde un concurso en el que se invita a artistas y no se limita a arquitectos o urbanistas es un gran avance en esta materia.
Postdata: Una densidad mayor de estos elementos podría además tapar el entorno próximo sacando al peatón completamente de contexto, generando un verdadero oasis, cuestión que seguramente era uno de los objetivos del proyecto original. Ojala se materialice luego.
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 27/04/2009 12:27 [ N° 1 ] |
Buen modo de recuperar la sombra de los árboles cuando la ocupación del subsuelo impide las raíces. |
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 27/04/2009 12:30 [ N° 2 ] |
La imagen publicada ilustra la factibilidad de una idea que expuse en post N° 117 (23/04/2009) de “Casa abierta frente al mar” (C. Warnken), lo que titulé “El mundo debiera ser al revés” |
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 27/04/2009 13:09 [ N° 3 ] |
PROYECTO INSÓLITO Lo que parece cotidiano, como un proyecto más de tantos, una forma diferente de construir pérgolas, donde la innovación parece estar sólo en la forma, en el aditivo artístico, que integra lo paisajístico, lo escultórico y arquitectónico, es para mí algo más. He recordado un insólito proyecto que desarrolláramos con un curso de taller. La idea fue disputar a las plantas, el privilegio que hoy tienen, de no tener a nadie viviendo encima, como ocurre en nuestros edificios en altura. ¿Por qué nosotros nos aglutinamos en viviendas sobre viviendas para habitar y en cambio una simple lechuga tiene todo el espacio disponible entre ella y el sol? Siendo posible diseñar previendo el solear debidamente y el nutrir las raíces, es también posible y hasta razonable que se cultive en altura. Lo mismo ocurre con los animales. Los humanos hemos sido las “ratas de laboratorio” que demuestran que es posible vivir en edificios. Hay una desproporción entre la arquitectura de una ciudad para humanos, que concentra la tecnología, imponiendo límites ficticios a su crecimiento y la antítesis rudimentaria de un campo que parece vivir en el pasado remoto. |
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 27/04/2009 13:21 [ N° 4 ] |
CIERTO ES QUE: El territorio terrestre es constante. Mientras más crece la población, más territorios cultivables necesita para proveerla. CONTRASENTIDO: Pese a lo anterior, hay un contrasentido en que por proteger las áreas cultivables, se marcan límites al crecimiento urbano, lo que distorsiona el valor del suelo y acelera la renovación urbana en altura, anticipándose a la vida útil de las viviendas y barrios consolidados. Edificando campos productivos en altura, el trauma se aminoraría.
El alto valor del suelo urbano tiene entre sus causas, la decisión de autoridad, de restringir las áreas edificables. Entonces, por proteger las área cultivables, se desproporciona el valor de los suelos y se posterga el desarrollo tecnológico de la agricultura y ganadería. Ellas pueden desarrollarse en una arquitectura. |
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