Felipe Assadi
Sábado 27 de Junio de 2009
Las plazas de Talca


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Atraído por un interesante conjunto de bloques de vivienda ubicado en la Población Manuel Larraín, descubrí una de las intervenciones que los estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Talca acostumbran realizar en el contexto de una actividad académica que traspasa las aulas y se instala en la ciudad como una suerte de marca urbana. El mencionado conjunto –poseedor de aquella decadencia que acompaña fielmente a la arquitectura de vivienda económica de los años sesenta– se revitaliza y comienza una reconversión a partir de la renovación del espacio público que lo circunda.

Empleando desechos y materiales de bajo costo, los estudiantes realizan intervenciones que desde hace tres o cuatro años han mejorado notoriamente el uso de espacios urbanos que, por estar abandonados, degradaban su entorno.

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Con una décima parte de lo que en Santiago se utilizaría para construir una anacrónica plaza, los alumnos de Talca hacen una arquitectura que está siendo mirada por ojos extranjeros. Foto: Francisco Javier Olea


En este caso se usaron pallets de madera donados por una empresa de la zona. Otros proyectos parten con unas simples varillas de madera que se apropian de un vacío urbano. Y los más escuetos, pero no por eso menos importantes, se realizan con la simple instalación de un escaño de hormigón armado, que descansa sobre frágiles fierros, cuyo peso impide removerlos.

No importa dónde ni cómo. Lo que interesa es que con una décima parte de los recursos que en una ciudad como Santiago se utilizarían para construir una recargada y anacrónica plaza, los alumnos hacen una arquitectura –aunque efímera en algunos casos– que no sólo da que hablar en Talca, sino que está siendo mirada por ojos extranjeros como un movimiento especial. Un movimiento que distribuye sus esfuerzos en la ciudad y no en el papel y que por ende, conservando aquella cuestión académica que se ha perdido en las intervenciones municipales, está dando alternativas de cómo hacer mejores ciudades, en el entendido de que poner en valor el espacio público es valorizar la propiedad privada.

Luego de revisar una a una las intervenciones, sale a flote el tema de la conservación del equipamiento del espacio público. Más allá del desgaste natural que tiene la precariedad de algunos materiales utilizados, las estructuras se conservan en perfecto estado. Eso significa que el público ha comprendido que es algo para ellos y se lo apropian. Y ahí hay una clave de conservación.

Postdata: Exportar a la capital este modo de hacer arquitectura en la calle, aunque se trate de una performance pasajera, es cuestión de voluntad. El resto, los recursos, los tenemos de sobra en Santiago.

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