Felipe Assadi
Sábado 05 de Septiembre de 2009
La ciudad y sus Memorias


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Hace algunos meses oí críticas al memorial de la calle Londres 38, intervención en la calzada hecha mediante el reeemplazo de 300 adoquines por placas de mármol y granito negro con los nombres de detenidos y desaparecidos, en una extensión de alrededor de 200 metros de longitud entre la Alameda y la calle París.

Críticas no tan duras, por cierto, como las que también escuché hace tiempo en relación a la instalación del memorial de Jaime Guzmán, que se proyectó en uno de los lugares más públicos del centro de Santiago y terminó en una punta de diamante en Las Condes.

Me voy a referir a lo genérico. Las críticas, si bien tenían todas un barniz político, acertaban en algo que comparto plenamente: la incorporación de un memorial de esta naturaleza en la vía pública distorsiona inevitablemente la calidad del espacio público.

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Nunca he estado en plena conformidad con los memoriales urbanos, no por alguna aversión al recuerdo sino precisamente porque creo que los lugares para el recuerdo deben ser colectivos y no públicos. Ilustración: Francisco Javier Olea

Los memoriales, aún más aquellos que guardan una fuerte carga política no debieran ser lugares obligados. El espacio público tiene –o al menos debiera tener– esa mínima condición democrática que garantiza su uso pleno y en completa libertad, condición que subyace –o al menos debiera hacerlo– a cualquier actividad de nicho o bien de un cierto grupo de personas.

Nunca he estado en plena conformidad con los memoriales urbanos, no por alguna aversión al recuerdo sino precisamente porque creo que los lugares para el recuerdo deben ser colectivos y no públicos. Lo primero implica una voluntad de quien quiere recordar. Lo segundo, en cambio, incorpora forzosamente a la ciudad un lugar que, en este caso, tiñe un suelo de modo definitivo de un color que no necesariamente pertenece al total de los habitantes de ese lugar.

El memorial –aunque ese no es su fin último– generalmente nos recuerda alguna tragedia. De ahí podría desprenderse una posible condición de retiro, de alejamiento, de silencio. En cambio, se inscriben en el espacio público incorporándose más de la cuenta en las vidas de la gente, en lugares absolutamente públicos y de paso obligado a veces, lugares hiperconectados, lugares llenos de ruido que finalmente asumirán el rol del mismo memorial que llevan encima y que por consiguiente dejarán de ser tan públicos como lo fueron antes.

Postdata: Recuerdo un fragmento de Las Ciudades y la Memoria 3 de Ítalo Calvino que acota que “la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”.

5 Comentarios publicados
Posteado por:
Elena Delgado S.
05/09/2009 15:27
[ N° 1 ]

Excelente columna.

Posteado por:
Irmela Eckermann Ludwig
06/09/2009 21:54
[ N° 2 ]

Al menos se agradece que no instalasen parlantes inundando el sector con el último discurso del Gran Asesinado o Pablo Neruda con su lastimero recitar.

Posteado por:
gloria elgueta pinto
07/09/2009 00:29
[ N° 3 ]

Resulta un contrasentido proponer un lugar de recuerdo “colectivo pero no público”. Por definición, lo colectivo aspira a ser público, a menos, claro está, que se trate de una secta o cofradía secreta.
Pero la ciudad es EL espacio público, no hay otro más público, y es allí donde, además, distintas memorias disputan un lugar. Incluso -- o sobre todo--, aquellas de “fuerte carga política” a las que se refiere el articulista. Es cosa de recorrer las calles y caminar la ciudad para encontrar lugares, memoriales, estatuas, nombres de avenidas, y hasta animitas que marcan políticamente el espacio. Por lo tanto, es innegable que, en términos genéricos, éste ya es político. Lo que está en discusión entonces, a propósito del memorial de Londres 38, es el carácter de la marca política que éste introduce: la reivindicación de la memoria de los hombres y mujeres asesinados por oponerse al terrorismo de Estado que gobernó Chile durante 17 años. Esto es lo polémico.
Pero esta memoria, que afirma una condena a las formas dictatoriales de gobierno no es sólo patrimonio de un “nicho” o de “un cierto grupo de personas” como se señala en la columna, sino de sectores mayoritarios que en Chile han optado por formas democráticas de gobierno. Lejos de “distorsionar la calidad del espacio público”, el rescate de esas memorias lo democratiza. Aparte de recordar a los ciudadanos del presente algo que no deberíamos olvidar: que en Londres 38, pleno centro de Santiago, pudo funcionar con total impunidad uno de los tantos recintos de detención, tortura y exterminio de la pasada dictadura.

Posteado por:
Mª Soledad Granados Zambrano
07/09/2009 11:22
[ N° 4 ]

NO seré experta pero la sigueinte frase me descoloca: "la incorporación de un memorial de esta naturaleza en la vía pública distorsiona inevitablemente la calidad del espacio público" ¿Cuál es la distorsión? Durante más de 20 años muchos ciudadanos caminamos por la vereda frente a londres 38 sin saber, sin poder entender, sin siquiera imaginar lo que a escazos metros sucedió... creo Sr. Assadi que su visión es la distorsionada.

Posteado por:
Mario Carvajal Galleguillos
07/09/2009 12:15
[ N° 5 ]

Sr. Assadi:
Con lo linda que es la calle Londres, seguramente ha de parecerle inadecuado "distorsionar" ese espacio público con algo tan espantoso como un recordatorio, creo que a usted le parecía mejor que los gritos de los torturados se mantuvieran a raya dentro de las paredes de las lindas construcciones, acolchadas para no ofender la democracia de los espacios públicos.
Una cosa es la memoria y otra es el "recuerdo" como le gusta decir. El recuerdo suena a evocación sensible y la memoria suena a inevitabilidad vulnerable sólo a la amnesia o la cobardía.
El espacio público se enriquece con la memoria y la democracia se expresa no por su capacidad de representar a todos de manera individual como usted dice, sino que a través de la mayoría contenida en ese mismo universo de individuos.
"la ciudad no dice su pasado" concuerdo, pero eso no se contrapone a la idea de que sus habitantes puedan "decir" a través de la ciudad; la ciudad como un papel en blanco que se escribe y garabatea por quienes la habitan.
Bajo su punto de vista no hay monumento posible: ¿el San Cristobal sin virgen porque no todo el mundo es católico?...
¿Plaza de Armas sin Pedro de Valdivia porque hiere las sensibilidades indigenistas?... ¿bandejón central sin Pablo de Rocka porque tal o cual es nerudiano?...¿capilla sin Cristo porque es antiestético ver un cuerpo torturado?
El espacio público es "ciudad para todos" y no "ciudad para cada uno". En eso consiste la democracia.

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