Hace algunos meses oí críticas al memorial de la calle Londres 38, intervención en la calzada hecha mediante el reeemplazo de 300 adoquines por placas de mármol y granito negro con los nombres de detenidos y desaparecidos, en una extensión de alrededor de 200 metros de longitud entre la Alameda y la calle París.
Críticas no tan duras, por cierto, como las que también escuché hace tiempo en relación a la instalación del memorial de Jaime Guzmán, que se proyectó en uno de los lugares más públicos del centro de Santiago y terminó en una punta de diamante en Las Condes.
Me voy a referir a lo genérico. Las críticas, si bien tenían todas un barniz político, acertaban en algo que comparto plenamente: la incorporación de un memorial de esta naturaleza en la vía pública distorsiona inevitablemente la calidad del espacio público.
Los memoriales, aún más aquellos que guardan una fuerte carga política no debieran ser lugares obligados. El espacio público tiene –o al menos debiera tener– esa mínima condición democrática que garantiza su uso pleno y en completa libertad, condición que subyace –o al menos debiera hacerlo– a cualquier actividad de nicho o bien de un cierto grupo de personas.
Nunca he estado en plena conformidad con los memoriales urbanos, no por alguna aversión al recuerdo sino precisamente porque creo que los lugares para el recuerdo deben ser colectivos y no públicos. Lo primero implica una voluntad de quien quiere recordar. Lo segundo, en cambio, incorpora forzosamente a la ciudad un lugar que, en este caso, tiñe un suelo de modo definitivo de un color que no necesariamente pertenece al total de los habitantes de ese lugar.
El memorial –aunque ese no es su fin último– generalmente nos recuerda alguna tragedia. De ahí podría desprenderse una posible condición de retiro, de alejamiento, de silencio. En cambio, se inscriben en el espacio público incorporándose más de la cuenta en las vidas de la gente, en lugares absolutamente públicos y de paso obligado a veces, lugares hiperconectados, lugares llenos de ruido que finalmente asumirán el rol del mismo memorial que llevan encima y que por consiguiente dejarán de ser tan públicos como lo fueron antes.
Postdata: Recuerdo un fragmento de Las Ciudades y la Memoria 3 de Ítalo Calvino que acota que “la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”.
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Posteado por: Elena Delgado S. 05/09/2009 15:27 [ N° 1 ] |
Excelente columna. |
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Posteado por: Irmela Eckermann Ludwig 06/09/2009 21:54 [ N° 2 ] |
Al menos se agradece que no instalasen parlantes inundando el sector con el último discurso del Gran Asesinado o Pablo Neruda con su lastimero recitar. |
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Posteado por: gloria elgueta pinto 07/09/2009 00:29 [ N° 3 ] |
Resulta un contrasentido proponer un lugar de recuerdo “colectivo pero no público”. Por definición, lo colectivo aspira a ser público, a menos, claro está, que se trate de una secta o cofradía secreta. |
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Posteado por: Mª Soledad Granados Zambrano 07/09/2009 11:22 [ N° 4 ] |
NO seré experta pero la sigueinte frase me descoloca: "la incorporación de un memorial de esta naturaleza en la vía pública distorsiona inevitablemente la calidad del espacio público" ¿Cuál es la distorsión? Durante más de 20 años muchos ciudadanos caminamos por la vereda frente a londres 38 sin saber, sin poder entender, sin siquiera imaginar lo que a escazos metros sucedió... creo Sr. Assadi que su visión es la distorsionada. |
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Posteado por: Mario Carvajal Galleguillos 07/09/2009 12:15 [ N° 5 ] |
Sr. Assadi: |
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