Texto, Pablo Andulce
En relación a un auto corriente, el Smart de Federico Sánchez contamina un tercio y ocupa menos de la mitad de espacio al estacionarse. Si algunos autos dicen de sus dueños cosas como: “el mío tiene una posición importante”, o “el mío me cambiaría mañana si pudiera”, a Federico le gusta pensar que el suyo dice: “mi dueño ya cachó”. Un jueves, después del almuerzo, ese coupé café satinado se desplaza por la Costanera Norte, tan veloz y suave que podría elevarse. Cuando suena su BlackBerry, Federico contesta con una pregunta: “¿Dónde estás, Comparini?”. Le causa risa lo que le dicen del otro lado. “Te tengo, desgraciado”, responde bromeando con tono de western, y sale de la autopista para tomar los caminos que suben el cerro Manquehue.
Ya en lo alto, Federico lanza sus ocurrencias frente a la cámara, sacando risas entre unos obreros que observan a poca distancia. Sólo hace falta que Marcelo inicie con: “¿Dónde estamos Federico?”, para que comience a disparar.
Muy elegante, en un traje de lana gris oscuro con chaleco, gesticula sosteniendo su bastón en la mano derecha. A su espalda, el tema principal en su programa: la ciudad y la vida que se da en ella.
“City Tour” partió discretamente en marzo, en la señal de cable 13C, y en pocos meses al aire se convirtió en un producto rentable que atrae auspiciadores y cautiva espectadores, sobre todo entre el público más “inquieto”, como lo define Comparini, constituido por universitarios y profesionales jóvenes.
“No sé si lo hago bien o no, pero lo paso bien. Eso esta claro”, dice Sánchez. Lo contagioso que resulta ese goce en pantalla, hizo que el periodista y animador Marcelo Comparini le cediera el protagonismo en el proyecto que idearon juntos, en diciembre del año pasado. “Federico tiene una mezcla muy curiosa: a primera vista parece mayor de lo que es, por sus canas. Usa bastón y se viste de corbata. Pero su personalidad es la de alguien de 20 años. Es uno de los atributos que lo hacen un personaje muy atractivo. Es una contradicción andante”, comenta Comparini, quien conoció a Sánchez a través de Fernando Larraín.
El actor estaba un curso más arriba que Federico en el colegio Notre Damme. No eran amigos en ese tiempo. Se reencontraron en comidas organizadas por ex compañeros, a principios de los 90. “Siempre me pareció que Federico tenía mucha pasta para comunicar, para contar cuentos y anécdotas. Los presenté y engancharon inmediatamente”, cuenta Fernando. Él valora en Sánchez su capacidad para insertar historias en situaciones cotidianas. “Me acuerdo de un día en que fuimos a un restorán. Me estaba sentando y me preguntó si yo sabía de donde provenía esa silla. Empezó a hablar de Luis XVIII, o XV. En una cosa ya de la Edad Media, pasando por el período gótico renacentista ...”, bromea Larraín. “No es una especie de sabelotodo”, aclara, “me parece un tipo fascinado con el diseño, la arquitectura y el arte en general”.
De vuelta en el auto, su celular suena otra vez. Es su mujer, Ximena, para pedirle que recoja a su hijo mayor en el colegio. Cuando habla con ella, Federico es el marido más dulce del mundo: la llama “cariño”, “preciosa” y “amor”. “No sólo es hermosa; es elegantísima, inteligente, dedica su vida a los pobres. Lo pasamos increíble. Llevamos 19 años juntos, y cada día es más entretenido”.
Ximena Torres Rodríguez deja claro que el sentimiento es mutuo: “Somos súper independientes, pero nos necesitamos mucho”. “Yo soy la de las normas, la de las reglas, la de las rutinas, la del estudio. Federico es el que no tiene estructuras, y hay que estar ordenándolo, pero es muy entretenido. Es como otro hijo, pero no tanto”, se ríe.
Como muchas parejas, cuando quisieron tener hijos descubrieron que no podían. A pesar de la frustración, se sintieron aliviados de saber que era un problema compartido. No era endosable a uno solo, y por lo tanto, no hubo culpa. Se sometieron a un tratamiento agresivo, y al cabo de seis años éste funcionó. Hoy tienen un hijo de diez y otro de siete.
El rigor técnico
Hasta los cinco años, Federico vivió en un fundo en Machalí. Aunque no se lo exigían, le gustaba verse impecable. Le gustaba peinarse; para un lado, para el otro. No le gustaba andar a caballo, ni jugar a las bolitas o al trompo. Su mamá lo veía pasar las tardes dibujando, cuadernos y cuadernos de autos, y construyendo ciudades para ellos. Pegadito a la casa, no se alejaba ni diez metros.
A principios de los 70, los Sánchez–Villaseca se autoexiliaron en Mendoza. Ahí Federico pudo vivir entre edificios, casas y autos como los que dibujaba en el campo. “Para mí era como Nueva York”, recuerda. Parte de su fascinación por la vida y la cultura urbana tiene que ver con haber observado la manera en que los argentinos viven su ciudad.
Volvió a Chile a los 13 años. Más tarde terminó la enseñanza media, dio la prueba y se matriculó en Diseño. Tiempo después, se cambió a Arquitectura.
“Pero mi rollo es el Diseño”, aclara, “la arquitectura es una expresión del Diseño”. Para él, la necesidad que hace al hombre diseñar es de orden ontológico. Una causa. La belleza es lo que surge como resultado del rigor técnico. “Algunas cosas, de tan bien hechas, se ganan el estatus de la belleza, como la Ville Savoye, de Le Corbusier, o como el Pompidou de Rogers y Piano”.
En Santiago, encuentra ejemplos de ese rigor técnico en el eje cívico –La Moneda, la Plaza de La Ciudadanía y la Plaza de La Constitución–, en la iglesia de los Benedictinos y en el edificio de la Cepal. “Son hitos que se sitúan correctamente en sus realidades tecnológicas y culturales, y que se abren a una dimensión semiológica: son claves en cómo se constituye Chile. Está el gobierno, la institucionalidad pura; la Cepal, que pertenece a esa otra institucionalidad, al mundo de las ONGs, y la iglesia, pero la de los Benedictinos, que es la más bella de las que he visto, porque hace presente a Dios a través de la luz”.
Santiago le gusta y le encanta. No está seguro de por qué le encanta. Supone que tiene algo mágico. El por qué le gusta sí lo tiene claro: “soy fanático de mis cosas. Me gusta MI casa, MI señora, MIS hijos, MI perro. A Santiago lo tengo metido en mi sistema de pertenencia, es MI ciudad”.
En filosofía se habla del extrañamiento para referirse a la pérdida de frescura en nuestra percepción de los objetos a causa de la cotidianidad. Sánchez piensa que el haber llegado a los 13 años le ha permitido conservar algún grado de frescura en su percepción de Santiago. “Yo lo veo. Veo el Parque Forestal, veo el centro, la cordillera. Inclusive, cuando digo ‘la veo’, es porque tengo recuerdos de haberla visto”.
Una culebra con orejas
–Este es un “trozo” de casa. Es lo que podríamos llamar un “pedazo” de casa –comentó Federico ante una construcción que, tras la protección de un muro blanco y árboles frondosos, dejaba ver elementos arquitectónicos diversos.
Comparini y los seguidores de “City Tour” se contagiaban de su risa. Pero al autor, quien además de haberla diseñado, habitaba la casa, no le hizo gracia el comentario. Y se lo dijo. El episodio podría haberle costado a Federico la simpatía de un colega apreciado, pero finalmente, el aludido se lo tomó con humor.
Federico siente que el medio, en general, agradece y valora la crítica. “Uno podría pensar que los arquitectos terminan enojados conmigo, pero no es así”. Asegura que el criticismo más ácido lo dirige a su propia obra: “a veces termino algo y digo: ‘¡pero que cosa más fea!’. Me río a gritos de mis cosas, y no tengo problemas con eso”. Prueba de esa actitud es la casa que diseñó para uno de sus amigos más queridos. “No hubo caso de convencerlo de que tenía que ser moderna. Terminó poniéndole un techo de tejas. ¡Ésa sí que es culebra con orejas!, y es un producto mío”.
Considera “imputable” como un delito, cuando, con conocimiento de lo que es la buena arquitectura, se opta por una mala. “A veces ves una obra y dices: ‘pobres, qué ganas de ayudarlos. No entendieron nada’, pero al lado ves otra y dices: ‘¡pero que buena arquitectura!’. Y se trata de los mismos arquitectos. Entonces ahí hay algo grave, porque primó el negocio antes que la integridad”.
“Mas raro que culebra con orejas” es una expresión que se repite en el repertorio de Federico, y adquiere un valor particularmente ilustrativo cuando la utiliza para describir su posición, que pareciera limitar con una variedad de ámbitos. “Nunca he logrado construir esos limites. No me interesan, y no me detengo a crear desde ellos”, señala. “El método para crear una silla o para crear un edificio no son del todo distintos. El dibujo y la cultura del proyecto son transversales a ellos”.
Respecto a su trabajo en televisión, más que como un crítico, prefiere ser visto como un observador del entorno urbano; un promotor de la conciencia y la discusión de los fenómenos que entraña.
La casa Facusse, que proyectó hace tres o cuatro años, habita a medios pisos una pendiente del Mirador Los Dominicos. Su estructura de tres pisos y seis niveles demuestra un compromiso “potente” con la modernidad. Ese mismo compromiso está presente en las oficinas que diseñó para In Market en la Torre Huidobro; la casa matriz de Yamaha en Avda. Las Condes y sus bodegas en Iquique. En 2001 recibió el encargo de desarrollar todo el equipamiento inmobiliario y la gráfica para las tiendas que instaló la marca italiana de vestuario Combipel en varios malls de Santiago.
La implementación de la tienda de Petland en el Alto Las Condes fue un proyecto cuantitativamente más modesto, pero cualitativamente muy significativo para él. Lo ayudó a comprender en profundidad el tema al que se dedica actualmente su oficina, Idem Asesores: “Fui llegando al diseño y al branding estratégico naturalmente. No me lo propuse. Fue el resultado de un proceso que surgió al combinar la arquitectura y el diseño industrial y grafico. Así terminas creando una imagen integral, y por lo tanto un discurso que es coherente en distintos estratos. Eso es una marca”.
–Hace diez años, ¿cómo llegaban las mascotas a tu poder?: te las regalaban. Con Petland adaptamos una marca que tenía una lógica muy de Estados Unidos a la cultura chilena. Se planteó estratégicamente, apostando a que cambiaríamos el hábito de consumo, y que la gente gastaría mil dólares en un perro y cien en alimentarlo. Eso ocurrió–, explica Federico.
Mañoso y querible
Pablo Allard, jefe del proyecto Observatorio de Ciudades UC y miembro del equipo ELEMENTAL, estudió en la Universidad Católica antes de obtener sus postgrados en Harvard. Estaba pocos años más abajo que Sánchez y lo recuerda como uno de los personajes más queridos de El Comendador en los 80. No le extraña que hoy logre notoriedad canalizando las particularidades de su personalidad junto a Comparini, en una dupla que le parece genial. Piensa que su rol es relevante: “él aproxima la crítica de arquitectura a los ciudadanos, para que entiendan el problema de la ciudad. Tiene mucho mérito en ese sentido”. Aprecia la ausencia de pretensiones y el uso dosificado de humor e ironía de Federico en televisión. “Para discusiones académicas o de más alto nivel existen otras instancias”, concluye.
Como director de la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales, hace ya cinco años, Federico ha contribuido a instalar un ambiente de trabajo horizontal. Considera que las jerarquías son enemigas de la motivación y entretención requeridas en su disciplina.
Una mañana, al final del segundo semestre de 2001, los alumnos de Sánchez esperaban nerviosos la corrección de sus trabajos. El encargo consistía en intervenir el espacio público en la calle República. Ignacio Romero era un de ellos y reprobó. Aun así, admite que aprendió mucho de Federico: “utiliza la terapia de shock. Golpea la mesa con su bastón. Es un viejo mañoso pero querible. Sabe bien lo que hace”. Otra mañana, pero en 1997, cuando trabajaba en la Universidad Finis Terrae, Federico llegó como reemplazo a examinar los trabajos del Taller de Arquitectura. Carlos Bravo casi se desmayó cuando se enteró del cambio. “Arrasó con lo que le pareció mal, pero rescató cosas que el resto de la comisión no vio en mi trabajo”, recuerda.
Oscar Ríos es arquitecto y un reconocido experto en historia del diseño, que participa como jurado en concursos y dicta conferencias en Chile y en el extranjero. Además de las labores académicas en la UDP, comparte con Federico la fascinación por ciertos ítems y la historia del vestuario formal masculino. Se conocieron cuando Oscar trabajaba en la Universidad Católica. Federico no fue alumno suyo, pero lo recuerda como un revolucionario, de pelo largo y aficionado a las motos.
“Ha ido viajando y conociendo. Sus referentes están en los coches, en los relojes y en ciertos comportamientos de sus ídolos. Como David Hockney, por ejemplo, que es muy extravagante, pero muy elegante a la vez”, comenta Oscar. De hecho, el modelo de lentes con marcos redondos que usa Federico es un diseño de Paul Smith inspirado en el artista británico.
Ambos ven una entretención en el vestuario, pero también un discurso, que tiene que ver con lo pertinente y lo apropiado para comunicarse en una situación y con una persona o un grupo determinado. “Elegante viene del latín ‘eligere’ que significa la capacidad de elegir. El elegante es el que ha escogido lo correcto sin que se note afectado”, explica Oscar.
“A veces parecemos dos viejas hablando de ropa”, dice Federico riendo.
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Posteado por: Carlos Fernández Lores 24/10/2009 18:09 [ N° 1 ] |
Esa Fede.....Que guena merecida publicidad para tan buen programa |
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Posteado por: eduardo trujillo correa 25/10/2009 10:07 [ N° 2 ] |
Tonterías domingueras. |
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Posteado por: Ronald Valdés Honores 26/10/2009 10:06 [ N° 3 ] |
Te felicito Pablo. |
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