Felipe Assadi
Sábado 28 de Noviembre de 2009
Los paisajes de la crisis


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Independientemente de lo que a uno le guste ver en los lugares residuales que dejan los desarrollos de vialidad “adornados” por los municipios para dar una mejor imagen a la tierra de nadie, estos espacios debieran, al menos, proyectarse para ser usados por gente, por remota que sea esta posibilidad. Después de todo no es una estupidez suponer que el espacio público es para las personas.

Ya nos habíamos acostumbrado a los arreglos florales. Incluso, llegamos a pasar por alto otros arranques de creatividad más sofisticados, como carretas con cántaros de greda y yuntas de bueyes. Ya casi nadie reparaba en los inútiles jardines donde no existen superficies para sentarse ni lugares con sombra. Por supuesto, quien podría querer pasar unas horas mirando automóviles, si es que lograse atravesar una rotonda para hacerlo. Así, los retazos de terreno quedaron definitivamente para ser observados –de reojo–, y todo lo que se ha hecho en su interior ha sido “por bonito”.

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Ilustración: Francisco Javier Olea.

Otros optaron por algo más adecuado a la conservación de los recursos naturales, y evitaron la tentación de los cardenales rosados y las palmeras transplantadas en grandes extensiones de pasto. En el intento llegaron al extremo: un paisaje que debemos suponer se basa en un jardín seco en el que la piedra, como elemento principal, arma toda la historia. ¿El resultado? Un paraje que sólo se ve en los derrumbes, luego de dinamitar un cerro para extraer el material de una mina, o bien después del desborde de un río que arrasa con la mitad de su madre y con buena parte de la ciudad..

Así se ve este trabajo en un sector de la carretera San Martín. Un vacío con aire de masacre, árido e inerte, con un dejo de incertidumbre respecto a la colocación de unas enormes piedras que ornamentan el espacio. Cuesta saber si realmente alguien las puso ahí para generar una suerte de vínculo entre ciudad y naturaleza o bien se cayeron del camión que las transportaba.

Varios cientos de metros cuadrados a la orilla de la autopista y en el borde de la ciudad, recreando un lugar desértico pero por sobre todo, sin ningún elemento que permita permanecer ahí un par de minutos; un descampado lleno de rocas, esparcidas sin ningún criterio de uso de un espacio público.

Postdata: Nuevos paisajes artificiales, construidos con “lo que hay”, y no con lo que debe haber, que se acercan quizá a una idea del ahorro en producción y mantención, pero que en realidad no producen nada ni permiten a nadie en su interior.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
Ricardo Peña y Lillo Valenzuela
28/11/2009 17:22
[ N° 1 ]


En este artículo, la crítica da la razón a lo criticado.

Es motivada por un caso específico, innecesariamente generalizado como un gesto despectivo hacia una actividad profesional que dignifica con naturaleza el espacio.

¿Podría imaginar que es más razonable generar lugares para descansar tranquilamente y con seguridad, en los espacios sobrantes entre vías de alto tráfico?

¿Por qué esa referencia peyorativa a las palmeras trasplantadas y los jardines con cardenales o con permanentes flores de temporada?

¿Acaso no es mejor que esos espacios sobrantes sean tratados con el arte del paisajismo, tan solo para ser gozados al paso y de reojo, aportando un agrado subliminal sin invitar a detenerse?

Así como la arquitectura tiene su lenguaje, sus técnicas, soluciones indicadas y contraindicaciones, también las tiene el paisajismo. Serán en ciertos casos pérgolas y cascadas, en otros rocallas y jardines secos. No habrá que poner piedras del tamaño de un puño cerca de una sede universitaria conflictiva, ni lugares acogedores que inviten a radicarse en zonas de miseria. Talvez sea mejor inutilizarlos con pesadas rocas, aunque resulten repelentes. La seguridad será premio compartido para quien circula y quien es alejado de las zonas de riesgo.

Me molesta el tono de estas críticas de escritorio, dirigida al vuelo hacia tantos paisajistas de vocación.

En mi caso, contrastan evaporándose, al recordar trabajando a Gastón Cea, un verdadero maestro del paisajismo nacional, dándole vida a la aridez de la arquitectura. Ha pintado de alegría natural las ciudades, transformando la tierra árida en fértiles obras de arte. La crítica pasa vacía, sin sustento, ante la imagen del profesional que dirige personalmente la disposición de cada roca, árbol, planta, césped, previo estudio de imágenes proyectadas en el tiempo.

Es probable que no responda aquí… estará sembrando su energía positiva en la tierra preparando los argumentos de felicidad verde y multicolor, que se reparten por millones entre quienes al paso pueden disfrutar de un paisaje recreado con sentido.


Posteado por:
Ricardo Peña y Lillo Valenzuela
28/11/2009 17:25
[ N° 2 ]

¿Y qué hay contra los grandes jarrones de pueblos típicos; o contra las carretas enmarcadas de hormigón armado, que anuncian hacia la ruta foránea la presencia de un lugar rural, como Curacaví?

¿Todo porque no agradaron o no se entendió el sentido de unas piedras en un determinado lugar que inspiró para mal este artículo?


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