Por Felipe Assadi Arquitecto
Por ahora el park(ing) day chileno tiene la misma inercia que una protesta privada, de esas que ni siquiera alcanzan los diez minutos en el noticiero de un matinal. Tiene lógica, ya que se trata de colonos que intentan conquistar un territorio ciertamente inexplorado, pese a que sabemos de sobra que estas acciones carecen de peso político –y por ahora de valor mediático– para crear conciencia urbana. Todos los participantes, activos y pasivos, entendemos que se necesita mucho más que una docena de activistas para generar un cambio.
Por lo mismo, no puede esta práctica quedar empantanada en el ámbito de la protesta por la falta de espacios públicos o el exceso de estacionamientos, como se ha entendido al menos en esta segunda versión criolla. Debiera apelar a la creatividad y buen humor de personas de la más amplia gama de disciplinas, incluyendo a instituciones públicas y privadas para que aportasen un espacio digno de ser visitado, un lugar que no tenga necesariamente segundas lecturas ni olores a reclamos de ninguna especie, sino simplemente ganas de estar ahí, en medio de la vorágine, como punto de inflexión en la rutina de la ciudad. Más allá de su significado real, el park(ing) day debiera ser tomado como una oportunidad de reírnos de nosotros mismos y jugar unas horas un juego urbano. Quizá el error esté, tomando en cuenta su carácter de alegato, en hacerlo en un día laboral en vez de realizarlo por ejemplo un sábado, cuestión que duplicaría sus adherentes año a año. Después e todo se trata de convertir estacionamientos superficiales en jardines temporales, pero en el fondo lo que se quiere ver es cómo la ciudad se transforma a través de la reconversión espontánea de una calle en pequeños oasis artificiales de 15 metros cuadrados distribuidos donde acostumbramos a ver automóviles.
Por lo tanto, aunque en un incipiente formato y en una resolución que sin duda mejorará con el tiempo, este evento podría llegar a transformar, si no las conciencias de quienes tienen el poder para reforestar las ciudades, al menos un cotidiano día de rutina urbana, invitando por una horas, a recorrer la ciudad de un modo distinto.
El futuro de park(ing) day en Chile está, de algún modo, garantizado si se insiste en ello. La ciudad aguanta de todo, ya lo ha demostrado. La sociedad también, sobre todo tratándose de nuevas costumbres importadas.
Postdata: Basta ver lo bien que caen los caballos pintados en el barrio El Golf, copia burda pero eficiente del CowParade internacional, o la consolidación de la fiesta de Halloween en nuestro país, ambas importaciones norteamericanas que ya ni siquiera forman parte de la discusión nacional.
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