
Por Felipe Assadi
Arquitecto
Territorios como el valle de Chicureo eran, hace no más de dos décadas, campos extensos en los que ni siquiera se pensaba que el crecimiento horizontal de Santiago agregaría algún día autopistas con túneles y plazas de peaje. Los barrios satélites, como les han llamado a la periferia acomodada del norte de la capital ocasionaron un temprano desarrollo de la infraestructura vial que otros sectores más antiguos nunca tuvieron, ni siquiera después de años de haberse establecido. Lo artificial se produce justo ahí, donde la infraestructura presenta su cara más moderna frente al agreste escenario que la recibe como un invitado de piedra, como si no se supiese con precisión que ahí mismo, años más tarde, los espinos serán reemplazados por stripcenters, y las vacas, si aún quedara alguna, por semáforos inteligentes. Sólo en ese momento el paisaje de la infraestructura tendrá sentido funcional, pese a que por ahora, su sentido estético artificial nos causa a algunos un especial detenimiento.
Ahí, justo sobre el valle en el que otrora los pájaros recorrían la ruta que se inventaron entre la cordillera y el mar, los arquitectos y artistas visuales Claudio Magrini y Emilio Marín, gracias a un concurso organizado por el MOP, completaron el paisaje artificial que las carreteras iniciaron, con una extraña instalación en la que blancos árboles de fierro ornamentan el vacío nudo que conecta la autopista Nor–Oriente con la ruta a Chicureo.

En cada extremo de las ramas de los árboles hay una casita de pájaros roja pensada especialmente para el tipo de ave que habita la zona. Su objetivo, más allá del experimento estético, busca una instalación real de los pájaros en estos nuevos nidos.
Si bien alguien podría argumentar la torpeza de plantar fierro en un campo, la belleza de la propuesta radica justamente en la paradoja que instala en un lugar como éste, una naturaleza ficticia sobre un sitio potencialmente forestable. Si bien alguien podría argumentar un exceso de literalidad entre la obra y aquello que reinterpreta, nuevamente creo que el parecido de estas estructuras con un árbol real, las saca completamente de la categoría de escultura, dejándolas en el campo del artificio, es decir, de aquello que toma prestado lo natural y lo modifica con un refinado arte y no menos ingenio.
Postdata: Lo anterior tiene doble mérito: la propuesta ganadora y su realización. Dos cuestiones que suelen no coexistir.
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