Felipe Assadi
Sábado 15 de Mayo de 2010
Casa del herrero


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Esta sede del Ministerio de Educación pide a gritos una barrida con fuerza, un saneo y reordenamiento, para convertirse finalmente en un edificio digno de las direcciones que aloja.

Sanear y reordenar. Dos palabras que han sonado esta semana para referirse al desastre administrativo que recibió como herencia el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Pero más allá del desorden financiero, la cartera obtuvo como regalo de la administración anterior un edificio en Santiago que de un tiempo a esta parte abandonó por completo el concepto de arte, y por cierto, aquel que habla de cultura.

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Ilustración: Francisco Javier Olea

Desde que el edificio Caja Previsiones Obreros Municipales, ubicado en Fray Camilo Henríquez 262 pasara a ser sede del Ministerio de Educación –compartiendo espacio con el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes– sufrió un progresivo deterioro producto de la dejación. Claro, porque los edificios deben mantenerse, no se mantienen solos, no al menos los que conocemos en este país y que se construyeron en la década del 70. La torre de ocho pisos, obra de los arquitectos Jaime Besa Zañartu e Higidio González, y calculado por Fernando del Sol, es parte del patrimonio arquitectónico de Santiago y representa, en una de las formas más puras, la arquitectura moderna chilena de la segunda mitad del siglo XX.

Si un ministro de Cultura extranjero visita esta sede, desde el antejardín hasta la oficina principal del ministerio se encontrará con un hall empapelado por más de un centenar de carteles pegados con cinta adhesiva a los ventanales del acceso, situación que se desparrama por el primer tramo de la escalera –entre maquetas y otros extraños objetos de arte– que conduce al Fondart, lugar cuya arquitectura subyace detrás de paneles y colgajos de todo tipo anunciando –paradójicamente– cultura y arte. En su periplo por la sede, si el ministro decide saltarse el ascensor y subir por el acristalado bloque de escaleras, verá al menos un par de pisos repletos de cajas de cartón, como si se tratase de la bodega de una imprenta. Llegando al último piso, una desfigurada planta de oficinas, laberíntica y desordenada, recibirá al visitante advirtiendo que en realidad, aquellos habitantes del edificio donde vive la cultura y el arte eran en lo absoluto conscientes de la buena arquitectura que estaban utilizando.

Así, este legado de cajas de cartón, canaletas eléctricas haciéndole el quite a las puertas, alfombras roídas, lámparas de mal gusto y un mobiliario sin sentido ni coherencia, pide a gritos una barrida con fuerza, un saneo y reordenamiento, para convertirse finalmente en un edificio digno de las direcciones que aloja.

POSTDATA: Por cierto, la arquitectura –moderna y contemporánea– son también parte de la cultura y las artes, aunque todavía no haya espacio para ésta ni siquiera en su propia sede.

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