
Felipe Assadi
Arquitecto
Director Escuela Arquitectura UNAB
Hace al menos diez años que el container había dejado de amenazar con incorporarse al paisaje urbano como solución transitoria, momento en el que se instaló con todo su pesado fierro sobre la ciudad. El parásito, odioso y falto de carácter, dejaba de ser una mala copia del producto que los europeos del norte utilizaron para mostrar al mundo un “nuevo y creativo” artefacto que, si bien se usaba como habitáculo hace mucho más tiempo, se puso de moda en nuestro país tardía y torpemente durante la década del 2000. Ahora, con ocasión del terremoto, el container encontró su cabida en la sociedad de los módulos transportables. Y no sólo eso, además ascendió en su escalafón social. El otrora “agregado”, sería a partir de hoy nuevamente el rey.
Más allá de la oda al contenedor, y una posible alabanza a sus prestaciones –que por cierto evitaré– me interesa sobremanera un hecho que ocurre por estos días en Matucana 100. Se llama “Desembarco Festival Teatro Container”, un nombre largo pero con mucho cuento, de ese en el que el mencionado bloque metálico, como producto de lo transitorio, juega un rol espectacular: El festival, cuya sede inicial es Valparaíso, utiliza containers acondicionados como pequeños teatros de cámara que intervienen plazas y cerros, armando lugares y activando la ciudad. Si bien el desembarco se da esta vez en la explanada de Matucana 100, no deja de ser interesante la propuesta sobre el espacio público –llámese colectivo en este caso– que los organizadores del festival realizan en Santiago. No sólo se propone una nueva mirada sobre los vacíos urbanos que pudieran recibir una instalación de este tipo sino la oportunidad explícita de los containers de transportar cultura y entretención a muchos lugares.
Y volviendo al tema, mi querido parásito, que se ganó este año la medalla al módulo más efectivo, se hace aún más querido cuando se utiliza de verdad con fines transitorios como éste. Y que se entienda que el parasitar en este caso no tiene una connotación negativa. Todo lo contrario. El objeto viene donde le conviene, se posa de un modo en el que la ciudad se lo permite, se queda el tiempo que se necesita y luego se va, sin dejar más rastro que el sólo hecho de haber contribuido a una causa noble y haber organizado, al menos por una semanas, el uso alternativo de un espacio urbano.
Postdata: ¿Quién no quisiera un parásito así?
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