
Arquitecto
Decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño
Universidad Finis Terrae
Hace 21 años se originó en Barcelona, precisamente en el Park Güell, un movimiento que relacionaba la danza contemporánea con el espacio público. A poco andar se extendió a otras ciudades del mundo como La Habana, Río de Janeiro, Génova, Zúrich, Lisboa, Zaragoza y Bilbao, entre otras. Se formó una red llamada Ciudades de Danza. El objetivo central –que no provino de un urbanista sino de un director de espectáculos– era, paradójicamente, generar una forma de invadir el espacio urbano sin dejar rastro y estar en la ciudad sin transgredirla.
Las dos ideas anteriores son antagónicas con el propósito de hacer de la ciudad un organismo activo, que crece y se reorganiza en la medida en que sus habitantes la viven. Es más, yo diría que no hay ningún movimiento artístico que se fundamente en no alterar, para bien o para mal, su soporte.
Pero lo bueno de eso fue que, pese a los pésimos fundamentos de un estrecho de mente que sólo pensó en lo que ganaría esa temporada organizando un evento, la danza convirtió ciertos espacios urbanos en perfectos escenarios para desarrollar no sólo baile sino otras artes escénicas que, en rigor, no vulneraron la infraestructura de la ciudad pero sí dejaron huella.
Es imposible, en ese contexto, pensar que un grupo de connotados bailarines y un público agradecido de un espectáculo de nivel internacional podría modificar o alterar un lugar. Lo cierto, en cambio, es que dicha transgresión se produce justamente cuando usuarios y autoridades pueden reprogramar sin problemas el uso de un espacio colectivo. Los espectáculos urbanos deben dejar rastro. Deben intervenir la ciudad, y para bien, por supuesto.
Años más tarde, y habiéndose convertido esto en un festival, el director debió haberse comido sus necias palabras. Curiosamente esa misma ciudad, la que dio origen sin darse cuenta a un nuevo movimiento, era la que albergaba en sus calles más manifestaciones de arte que toda Europa. Desde ahí salieron al mundo compañías de teatro, música y danza. Y hacia ella miraron por años, con ojos expectantes, varios aprendices de vida urbana en pro de aprender a utilizar sus ciudades como plataformas artísticas.
Postdata: Y todo esto sin querer dejar rastro alguno.
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