
Felipe Assadi
Arquitecto
Decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño
Universidad Finis Terrae
Las ciudades de los extremos del país parecen evidenciar con mayor énfasis nuestro afán por el coleccionismo en materia de equipamiento urbano. Quizá sea la escasez de elementos la que hace irrumpir a los pocos presentes con mayor visibilidad. Quizá sea porque el coleccionismo es una suerte de rezongo que va en serio, como si fuese una necesidad de demostrarle al resto que se es capaz, que se "es diseñado", que también se puede ser cool. Y en eso, en convertir plazas y jardines en caprichos del decorador de turno, somos un país bien unido.
En estos lugares a veces los recursos son peligrosos, a tal punto que el presupuesto municipal destinado al mobiliario urbano, por ejemplo, puede ocasionar resultados delirantes, como en Punta Arenas, por citar un lugar.
Pese a lo anterior hay acciones rescatables. Incluso en los lugares más remotos. Hace unos meses descubrí en Cerro Castillo, poblado vecino a Puerto Natales, lo más fino que he visto en diseño de plazas en Chile. Desde ahí, un lugar en el que escasamente existe gente suficiente para ocupar su propia plaza, se irradia una actitud que va más allá del chiche capitalino mal copiado e intenta satisfacer sus necesidades con algo de propiedad, con una mano que si bien suele ser un tanto brusca, no remeda lo convencional.
Y llegamos a Puerto Natales, ciudad que va buscando esa identidad, e instala elementos en su plaza que aunque podrían caer en el saco de lo grotesco, su valor está precisamente en dicha envergadura y falta de fineza, que reconoce por cierto no sólo la inclemencia de un clima extremo sino una materialidad que sólo aquí podría ser permitida sin reparos. En otro contexto su mobiliario urbano habría sido una burla. Los elementos, evidentemente desescalados, hablan de la rudeza que deben tener para poder subsistir en ese lugar. Pero es probable que los escaños, los basureros y otros objetos quizá inútiles o amorfos sobrevivan incluso a la misma plaza, dura, anticuada, un tanto perversa para estar en la Patagonia, pero que si sigue el buen ejemplo de Cerro Castillo tendrá un espacio público envidiable.
Por cierto, intervenciones como ésta sugieren con vehemencia que ya no se diseñen en zonas australes plazas duras que juntan una capa gruesa y resbalosa de hielo en invierno, de esas que sirven para quebrar un par de caderas al mes. Sugieren que se tenga en cuenta el clima.
Postdata: Al menos, el clima.
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