
El Parque Bicentenario, a semanas de ser concluido, sobrepasó los límites comunales. La consulta, si breve, la hice yo mismo este fin de semana, y me di el trabajo de preguntarle a la gente de dónde venía. Para mi sorpresa, ya no estaba parado en el parquecito ABC1 -que en rigor lo es- sino en un sitio perfectamente bien conectado como para ser uno de los parques más importantes de la capital. Porque el parque ya no es de Vitacura. Torrealba lo ideó, y con mucha visión -quizá con menos de lo que el potencial de su proyecto admitió- pero llega la hora de los quehubos y hay que saber entender que el parque se extendió -aunque no geográficamente- hacia otras comunas de Santiago.
Es un lugar privilegiado para pasar una tarde entera. Existe una población de árboles -aunque incipiente todavía- que en el futuro será un lujo urbano. Existe un diseño, liderado por Teodoro Fernández, que me atrevo a decir es de lo mejor que hay en Santiago. Incluyeron aves, lagunas con peces, infraestructura de la mejor calidad y juegos para los niños de los más cotizados por los mismos niños. Y aunque me sigue penando la intrusión del edificio consistorial en medio del parque -cuestión que le ha significado a este último el apodo de "El jardín del alcalde"- el trabajo de sus exteriores, duros, extensos, aptos para eventos masivos, culturales y recreativos, salva sin duda el hecho de tener a este gigante como la torta de la guinda, al centro de todo.
Por sofisticado que pueda verse, se ha hecho con justeza. No han faltado recursos, pero se han usado con serenidad y con conocimientos de diseño urbano, lo que se traduce en un gran patrimonio que habría que replicar río abajo.
Le falta sombra. Es lo único que echo de menos. Y no me refiero a esa que llegará con los años cuando las copas de los recién plantados jacarandás y las hojas de los encinos formen un techo. Hablo de elementos diseñados para todos estos años de sol, mientras esperamos la crecida de los árboles.
Y tanto que hablamos del Bicentenario, sin que éste dejara el año pasado nada en concreto, además de una curiosa cápsula de metal enterrada en la Plaza de Armas.
POSTDATA: Aquí está el regalo final. Y muy bien bautizado.
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