Ernesto Garratt Viñes
Viernes 07 de Marzo de 2008
Cine: "10.000 A.C."

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Uno podría disculpar al director alemán Roland Emmerich de todos sus errores y arbitrariedades sólo por una razón: "Día de la independencia" (1994), ese divertido pastiche sobre una absurda invasión alienígena con lógica de videojuego. Esa película, que no le hizo daño a nadie y fue una de las "mejores malas películas de los 90", fue su licencia para seguir filmando excentricidades del tipo "Godzilla" (1998, versión Hollywood del monstruo japonés) o "El día después de mañana" (2004, el terror extremo del cambio climático). Pero la cuerda estirada y estirada no dio más. Se rompió con "10.000 A.C.": un extravagante combinado que junta pirámides, mamuts, tigres dientes de sable y la mitología que venga sin filtros ni decoro. Como clase de historia universal, esta es una película de un alumno que no entendió nada de lo que escuchó en las aulas.

Y claro, tampoco es el objetivo de este divertimento ser una clase de historia. Pero como producto hollywoodense que se precie (y vaya sí que los hay), este es un retroceso a la edad de las cavernas. Porque Emmerich, que tan bien puede disfrazar su precariedad narrativa con entretenidas secuencias de acción, ahora muestra al desnudo sus escasas virtudes, las que parecen forjadas en la rudimentaria edad de piedra. El héroe es un joven prehistórico "loser", un cavernícola bueno para nada enamorado de la chica más linda de la tribu y, licencias de Hollywood, el chico habla inglés fluido como el resto de sus amigos y miembros del clan. Cuando debe ir al rescate de su amor, secuestrada por unos villanos, el héroe se pregunta por qué los miembros de una tribu con la que se topa (negros de look zulú) saben hablar inglés. La respuesta es sorpresiva: su padre —considerado un cobarde por sus pares pues huyó de casa sin avisar—, estuvo allí antes y le enseñó a todos su lenguaje y sabiduría.

El padre del héroe, le dicen al protagonista, fue un gran hombre, guerrero y aventurero. Un visionario.

Y la idea de un padre mejor que el hijo se esculpe en piedra una y otra vez. Así las cosas, entre persecuciones y la lucha final contra un dios falso, uno se puede preguntar si tal vez Roland Emmerich no se equivocó de héroe y de tiempo. Quizás era mejor contar la historia del súper papá del héroe, la sombra de un apagado protagonista, y situar la historia unos 15 años antes: el 10.015 A.C. Porque "10.000 A.C." es, claro, un viaje al pasado, pero también una leve involución en la filmografía del hacedor de éxitos de taquilla Emmerich (un fiel compañero del pop corn), quien se aprovecha de la complicidad del espectador hasta lo imposible para desarrollar su apuesta. ¿Entretenida? Claro. Pero sólo, como dice un amigo, en el caso que uno deje el cerebro fuera de la sala de cine.

"10,000 B.C.". Drama. 2008. EE.UU./ Nueva Zelandia. 109 min. T.E.

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