En el usualmente seguro y cómodo plan de vuelo de las adaptaciones locales de licencias internacionales, suele quedar poco margen de maniobra para mirar el paisaje local. Y con razón. En la pactada obediencia con el programa original suele estar la clave del éxito: la internacionalización de franquicias que exigen réplicas exactas —como una marca del retail que exige los locales sean iguales en todo el mundo— es la demostración no sólo de la globalización, sino también del concepto de "fórmula televisiva" llevada a extremos casi científicos. "El poder del 10" es original de la TV estadounidense, donde debutó hace menos de un año y desde donde ya ha sido exportada a una veintena de países. Lo interesante es que en la rigidez de su fórmula, basada en la adivinanza de porcentajes extraídos en encuestas de opinión, es posible asomarse a temas y discusiones locales y contingentes. Así, un programa disfrazado de mera entretención termina entregando un poco más que eso. Aunque el animador a cargo, Julián Elfenbein, avise que no se requiere ni de conocimientos específicos ni de talentos para ganar (y aunque el programa tenga nombre de pulsera mágica vendida por algún charlatán radial), el programa sí premia lo que a estas alturas podría ser considerado un mérito: tener alguna noción de realidad sobre el país en que vivimos. Los concursantes tienen que adivinar qué porcentaje de chilenos tiene tal o cual opinión sobre variados temas, y el solo ejercicio de la pregunta obliga a ir en dirección contraria a la evasión que vende la mayoría de los programas de entretención. Seguro, se preguntan trivialidades como cuántas mujeres prefieren el chocolate al sexo, cuántas personas admiten hurgar en su nariz en el semáforo y cuántos chilenos creen que Batman y Robin son más que amigos (tal cual), pero en los cuestionarios aparecen también temas que no sólo cruzan la contingencia, sino que también definen las almas a veces contradictorias de la sociedad chilena como la píldora del día después, la delincuencia o la religión. Los comentarios de los concursantes y sus acompañantes no son precisamente educativos, pero las respuestas terminan ilustrando en parte en qué país vivimos. Y todo con entretención de por medio. En las preguntas personales (esas que se supone le dan calidez a los programas de este tipo, donde nos enteramos quién es la persona que quiere llevarse la plata para la casa), Elfenbein a veces raya en el desatino ("si tu papá —muerto— estuviera aquí, ¿crees que seguiría concursando o se retiraría con lo ganado?"), pero en general cumple con lo que requiere el trabajo: es entusiasta, genera suspenso y parece tener buena comunicación con los concursantes. La gran sorpresa está fuera de cámara: Álex Hernández ("Mekano", "Yingo") dirige un programa donde las mujeres (adultas todas) visten normalmente y no bailan como en fiesta mechona. ¿"El poder del 10"? El poder de la licencia internacional, más bien. Gracias, globalización.
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