Unos días atrás, caminando por Providencia, divisé a la salida del metro Tobalaba a Martín Cárcamo: el conductor de "Rojo" y "El último pasajero". Vestía un grueso chaleco de lana y, de su hombro, colgaba un gran bolso como esos que usa la gente que vende matute. Martín, pese a su fama, parecía un NN, un ciudadano más. Nadie, de hecho, le pedía autógrafos o reparaba especialmente en él. Salvo yo. "Loser", le grité. "La única que aún ve ‘Rojo’ es mi señora", volví a gritar. Bromeando. Obvio. Aunque ni tanto. Luego me acerqué. Debo decir que, aunque no somos especialmente amigos, le tengo cariño. Por eso lo acompañé unas cuadras. "Nunca —dijo Martín— había ganado tanto dinero como este año, pero nunca antes lo había pasado tan mal". Meses que no veía a Martín y, por primera vez, me di cuenta de que la tele lo había hecho envejecer.
Un caso paradigmático Martín Cárcamo. Dejó la ingeniería para dedicarse a la TV. Sabía que podía ser buen actor. Y fue ese talento el que le permitió el rápido despegue en todos los programas en los que trabajó. Yo diría que, hábilmente, Martín se adaptó. Interpretó a la perfección todos los papeles que le pidieron: si había que ser romántico en "Pasiones", lo era con la rigurosidad del mateo del curso. Si había que ser un hiperventilado en "Buenos días a todos", lo era como ninguno. Y así. Hasta que llegó "Rojo" y tuvo que hacerse cargo de un transatlántico con severos hoyos en el casco. Y el bote se hundió. Nada podía hacer Martín. Más de alguien había profetizado ese fracaso. Cuento aparte es por qué falló "Rojo": un programa de alta sintonía que de pronto se fue al suelo. ¿Por los jurados lateros? ¿Porque mucho talento no había tampoco? Mmm.
Volvamos a Martín, el hombre que sufrió el mismo problema que, en algún minuto, le pasó la cuenta a Felipe Camiroaga. En algún minuto de su carrera no sólo hizo lo correcto sino que además lo que le pidieron. O sea, aunque suene cursi decirlo, no fue ÉL mismo. Error: los animadores en la tele NO TIENEN que hacerles caso a los ejecutivos porque se transforman en rostros que dan lo mismo. Y de esos, rostros que pastan como vacas, hay muchos. Otro es el destino al que está llamado mi amigo Martín: el tipo histriónico que está llamado a deschavetar la tele. Parece que lo estoy viendo: "¡Buenas tardes, público!", dice Martín, levantado en andas por dos enanos. El tiro de cámara revela que, detrás suyo, hay hipopótamos, jirafas incendiándose, malabaristas olímpicos, gente NN luchando, arañando, gritando, por cumplir ese frikeado sueño de estar en la TV. Y, claro, eso es justamente lo que representa Martín Cárcamo. Y nada menos es lo que esperamos de él. Seguro que lo logrará. Aparte de cambiar la vestimenta.
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Posteado por: soledad quiroz q. 12/07/2008 20:41 [ N° 1 ] |
Está claro que la culpa del mal final de Rojo no es de Cárcamo. El programa, aunque los risiblemente llamados "históricos" obvíen ese punto ahora, venía en picada desde mucho antes. Tanta Maura, tanto Leandro, aburre y hastía a cualquiera. Años de ver a los mismos personajes, día tras día, terminaron por hastiar al público. Cárcamo seguirá su rumbo, que, a pesar de este último paso en falso, va en alza. |
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