Francisco Aravena
Viernes 19 de Septiembre de 2008
TV: "Hijos del Monte"


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El recetario nacional

Si la conciencia colectiva y el sentido común del género de las teleseries chilenas estuvieran concentrados en un disco duro (que tendría que estar en la mitad de Inés Matte Urrejola, es de asumir), donde estuvieran almacenados desde los clásicos melodramas de Moya Grau y los tesoros olvidados de Sergio Vodanovic hasta la experimentación ambiciosa de Leonart, Illanes y Carrasco, por nombrar algunos (pasando por la aventura de la adaptación hipertrófica y hasta a estas alturas surreal de "Lola"), una revisión general nos permitiría concluir que, sumando y restando, el género en Chile tiene un nivel promedio como para quedarse tranquilos. "Hijos del Monte" parece un fiel exponente de ese promedio.

No por predecible y obvia la referencia deja de ser válida: estos cinco hermanos viviendo juntos en una casona remite inevitablemente a la fórmula de "Machos", quizás el último fenómeno real de las teleseries del horario pre–noticieros. Pero aparte del punto de partida de la construcción de la historia, "Hijos del Monte" es un muy buen resumen —y muy eficiente— del recetario clásico: la casa patronal, las viejas arribistas, la nana chistosa, la adolescente mal portada, los rencores familiares, las paternidades ocultas, los grandes secretos, las campesinas bonitas pero ingenuas, el cornudo del pueblo, los enamoramientos instantáneos, los romances fulminantes y ah, la irrupción de un personaje ajeno —normalmente ligado al capital, ahí radica su poder más evidente, aunque no el único— que llega a romper con la normalidad. Además, con el patrimonio de nombres propios actuando en sus papeles de siempre: Maricarmen Arrigorriaga, Jaime Vadell, Edgardo Bruna, Anita Reeves, Coca Guazzini y Fernando Farías son el coro de consagrados resignados, la historia viva que nos recuerda las teleseries que hemos visto siempre. No es cosa de llegar y aplicar la receta: para hacerlo hay que tener talento, oficio y buen ojo. Es lo que diferencia a una mala teleserie llena de clichés a una buena teleserie carente de ambiciones mayores, pero obediente al requerimiento del género y del horario. Ésta pertenece al último grupo.

Si "Hijos del Monte" es un fiel exponente del recetario chileno clásico, si se conectó a este disco duro común con el conocimiento acumulado, lo hizo con un cable de alta velocidad. Que las cosas en dos semanas pasen tan rápido, que los conflictos revienten y los secretos se revelen tan pronto deja claro que la opción de mantener un ritmo entretenido es mayor que la de la verosimilitud; algo sustancial también al género, al menos como lo entendemos acá. La historia de estos machos cabalgando por una querencia sin señor funciona, hasta el momento, como reloj. Hace tiempo que las teleseries no son para emocionarse: son para pasar el rato. Y con "Hijos del Monte" se pasa bastante bien.

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