Una vez al año los niveles de humillación pública alcanzan un peak en el cable: llegan las audiciones de "American Idol" (la versión latina nunca termina por convencer, así que no vale). Son miles de miles de personas, muchas sin un ápice de valoración objetiva de su propia voz, las que buscan convertirse en la próxima estrella pop de EE.UU. Considerando que el reality tiene cerca de 30 millones de espectadores, y su final paraliza al país del norte, el ganador realmente es un "ídolo".
El problema está que ya en la anterior temporada, los que se presentaban a las audiciones ya tenían claro qué hacer para salir en el programa: el loco. Bailar raro. Pelearse con Simon Cowell. Las audiciones se sintieron forzadas y sin esa sincera vergüenza ajena de hace años: la regla número uno de un buen participante de reality es que si él sabe que da pena, no sirve.
Para esta octava versión, que llega a nuestras pantallas mañana (con sólo cinco días de retraso con respecto a EE.UU.), se ha introducido el cambio más grande en años. No serán tres jueces, sino cuatro: Kara DioGuardi (38), se supone, es una versión femenina del deslenguado Cowell.
En una temporada donde la televisión gringa ha estado en baja, la inclusión de DioGuardi —quien con larga experiencia en la industria, ha compuesto hits para artistas como Celine Dion y Christina Aguilera— es un intento por salvar el rating. Y puede que el intento esté en lo correcto: no sabemos qué será lo que le guste a DioGuardi. Los participantes tendrán que improvisar. Y si eso significa una vuelta a las audiciones patéticas pero con el toque natural, bienvenida sea.
Estreno sábado 17, canal Sony, 20 horas.
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