
Por Esteban Cabezas
Medir con el mismo rasero una ópera y un concierto de rock es una buena fórmula para amargarse la vida. Primero, por la distinta intención del espectáculo. Y luego, por la del espectador, al que a veces le viene bien un aria, y a veces hasta una balada desenchufada.
Entonces, si el ánimo es comer de a bocados, en un lugar que huele a empresa muy personal, ahí está Pata Negra.
¿Que no hay mantel? Este es otro tipo de sitio, donde manda la porción con onda y a precio bajo. Por ejemplo, un vasito con crema de zapallo y un trozo de albacora nadando en ella, o un pedazo de pan con congrio y pimiento del piquillo. O unas croquetas con jamón serrano, o unos calamares a la romana, unos panes con tomate y jamón crudo, una abundante ración de patatas bravas –doradas y con salsa picante–, unos pimientos rellenos de carne y unas albóndigas rellenas de queso. Lo más raro fue que la tortilla de papas llegó en su punto, pero realmente desabrida. Y lo otro, unos rollitos de bistec apanados y luego cortados. Secos.
¿Que todo esto se comió? Sí, en una jornada de almuerzo y luego de cena con amigos (siesta entremedio). Hasta se dio cuenta de un Talo: tortilla de maíz, morcilla, chorizo y tocino. Y en el mismo día, y bebiendo buen vino en matiné y vermut. Es que es un buen sitio para distenderse —y para luego repartirse la cuenta sin recriminaciones—, con sus precios harto convenientes y una preocupación que ojalá no haga agua cuando se les llene el local (que es sólo para fumadores, ojo).
La Concepción 104, 2354824.
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