
Serie infantil, financiada con los fondos concursables del Consejo Nacional de TV, transmitida el sábado en la mañana: "31 minutos", el mayor éxito en la descrita sub–subcategoría ha pasado a ser una comparación pesada, majadera y muchas veces injusta para sus sucesores. Sin embargo —y a costa de cualquier pretensión de originalidad en el comentario— la mención es ineludible, sobre todo si un nuevo programa pasa por parcelas similares. La gran noticia es que "Experimento Wayápolis" —entre cuyos gestores se cuentan dos de los creadores del programa aquel de los títeres, Matías Iglesis y Rodrigo Salinas— es una serie que se sostiene a pesar de la comparación sobre pilares simples, entretenidos y, a fin de cuenta, muy chistosos. Financiada con fondos que el CNTV entregó hace cuatro años (sí, cuatro), "Experimento Wayápolis" mezcla actuaciones con dibujos animados y animación
stop motion para contar la historia del intento de la corporación Waypex por entregar "programación educativa, cultural y culturizable" a los animales de la isla Wayápolis, donde el único televisor es el que los gestores del experimento han enviado. El problema es que alguien también les ha mandado a estos animales animados un control remoto, poniendo en jaque el éxito de la experiencia. Bajo el paraguas de esta historia marco, en el programa se incluye un grupo de microprogramas que componen el material que se puede ver en la TV del experimento. Y ahí es donde están los mejores momentos de comedia. Por ejemplo en la pretendida serie japonesa "Jun–hi" (donde una niña sigue a un ladrón, Semce, a quien confunde por su maestro, y van a lugares como el pueblo de Indap y se enfrentan al gran villano Junaeb).
También está "El mundo es un lugar peligroso", donde Rodrigo Salinas advierte del riesgo de lugares aparentemente inofensivos con una locución al estilo "133", "Potti, il astronauta inamorato", un viajero espacial de plasticina que en su primer episodio se enamora de la satélite Fasat Alfa, que se desarma al primer beso ("eso te pasa por confiar en tecnología chilena", le dicen) y "Buscando al Yeti", videos aparentemente caseros donde se puede ver al abominable monstruo blanco huyendo por las calles. Son poco más de quince minutos de esta metralleta de estímulos humorísticos que funciona impecablemente, al menos para este adulto sin niños.
"Experimento Wayápolis" es de esos programas que se podrían beneficiar del boca a boca porque dan ganas de mostrarlo y recomendarlo antes de que se acabe. Y si sigue el derrotero de quienes habitan el sub–subgénero en el que se encuentra, hay que apurarse.
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