
Ernesto Garratt Viñes
Los hermanos Jean–Pierre y Luc Dardenne hacen un cine de cara a la denuncia y sus personajes sufren la pobreza y habitan el áspero tramo que hay entre la supervivencia y la carencia. Con un estilo documental soberbio, los Dardenne, además de conciencia social, son unos lúcidos comentaristas de lo que no vemos de la bonanza europea. Lavan, de alguna manera, los trapos sucios del primer mundo en cámara. "El niño", "El hijo" y "Rosetta" son títulos que les han dado prestigio en festivales como el de Cannes y "El silencio de Lorna", la última cinta salida de su factoría, no es lo mejor que han producido, sin duda, pero tiene el ímpetu y el sello de estos autores.
La historia sigue a Lorna (una extraordinaria Arta Dobroshi), una bella y joven inmigrante albanesa que anhela la nacionalidad belga y, con ello, todos los beneficios de la Europa exitista y pujante. Lorna sueña con tener un pequeño negocio junto a su novio y la manera de lograrlo es trucha y corrupta: se asocia con Fabio, un taxista en negocios sucios, quien le consigue un matrimonio por conveniencia con un drogadicto llamado Cloudy. Pero la trama, ya sórdida, se complica cuando Fabio quiere que Lorna tenga un segundo matrimonio con un mafioso ruso y para ello quiere asesinar a Cloudy. Los Dardenne manejan como pocos el material de la desesperanza y el agobio, y en este caso lo vuelven a lograr. No con genio, no con la brillantez de antes porque el argumento se complica y entrampa, pero sí a la altura de su buen nombre.
"Le silence de Lorna". Drama. 2008. Francia/Bélgica. 14 años.
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