Por Esteban Cabezas
No es grato irse de un restaurante con una ligera sensación de vacío. No del estómago, sino de haber pasado un rato sólo alimentándose. En forma correcta y con una simpática atención, pero con la sensación final de que el mejor sabor a paladear es el de la rentabilidad.
Y es que comer no es sólo comer.
Y si bien unos pocos aros de calamares a la romana (y a $4.200) con una salsa tártara (que parecía light por lo desabrida), llegaron rápido, el problema es que la pasta llegó inmediatamente tras ellos.
De los fondos, pese a haber una nutrida oferta para infantes, el propio quiso su clásico: spaghetti con mantequilla. ¿El precio de su maña? =$5.390.
Y para probar la mano, de alguna forma, se pidió una tripasta familiar ($11.250), la cual contenía ñoquis cuatro quesos (se sentía sólo uno de ellos, con suerte), una lasaña boloñesa que estaba bien, y una pasta larga a elección, en esta ocasión una bien delgada, a la amatriciana, con unos pedazos de tocino algo exagerados.
A lo hora del postre, una crème brûlée sin caramelizar (grrr, a $2.450), una panacotta ($1.950).Y esa incómoda sensación final.
Mirador del Alto. Local 3248. 596 72 75.
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