
nota, 5,8
El mercado es cruel, dijo famosamente un ex presidente, y cuando se trata de política y televisión abierta esta realidad se sanciona como ley. Los programas políticos difícilmente son alternativas sexies para competir con telenovelas o realities, en gran medida porque nuestros gobernantes, legisladores o aspirantes a serlo tampoco suelen dar un espectáculo (y cuando lo hacen, para eso están los noticiarios). Pero a meses de las elecciones los canales de televisión se cuadran con el deber cívico, y sus ejecutivos declaran máxima prioridad para sus “programas misión”, esos que marcan poco rating pero mucha presencia de los canales en los temas importantes, esos que terminan programando a horas insólitas si lo que quieren es un poco de atención de su audiencia. Los lunes en Canal 13, a una hora en que el país duerme o al menos cabecea, “Chile debate” intenta lograr una quimera tan titánica como eterna de un programa político: algo de acción, algo de debate y algo de sorpresa.
Estructurado en torno al encuentro de candidatos antagonistas de determinado distrito o circunscripción —y los presidenciales en algún momento, es de presumir— en cada episodio (todos reunidos en torno a una mesa horrenda con la forma del país), “Chile debate” tiene a la cabeza a dos periodistas claramente decididos a atajar a sus entrevistados antes de que se escapen con demasiado discurso prefabricado. La dupla de la siempre sólida Constanza Santa María y el asertivo Daniel Matamala (cuyas entrevistas en “Telenoche” lo han transformado en una revelación) hace un visible esfuerzo por animar el programa, aunque a veces el derroche de ingenio en la invención “dinámicas” para enfrentar a los candidatos termina en la pregunta, porque las respuestas son inexorablemente predecibles (y uno no sabe si lo han ideado así por idealistas, por obstinados o simplemente por resignados). La otra gran muralla que encuentran tiene que ver con sus invitados: las listas parlamentarias no las hizo Nicolás Quesille ni Sergio Nakasone (gracias a Dios), así que muchas veces la interacción de los personajes en pantalla es simplemente fome. A veces, sin embargo, tocan esos políticos con alguna capacidad de improvisación, y ésos son los buenos momentos. Para rebelarse contra lo predecible cuentan con un buen elemento: invitados en el público que han sido seleccionados por una agencia —gente común, variada y representativa del electorado, se supone— y no invitados por los candidatos. Como los candidatos no saben qué les van a preguntar, queda un espacio para la sorpresa. Por supuesto, por lo mismo queda espacio para las preguntas obvias o sencillamente malas, pero ése es el costo del intento. El mercado es cruel, dijo el ex presidente, y parafraseando al mismo estadista habría que agregar que “Chile debate” entrega debate... en la medida de lo posible.
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