
En cierto sentido, los chilenos somos como un montón de niños jugando en la calle: parece que el resto del mundo —las casas de los vecinos, la calle de atrás, el mundo debajo de un auto— sólo nos interesa cuando tenemos que aventurarnos en esos desconocidos y a veces peligrosos territorios para ir a buscar la pelota de fútbol.
Con el imperativo de mostrar dónde fue a caer la pelota esta vez —y con el innegable valor agregado de que sea un país tan complejo y fascinante como Sudáfrica—, TVN y Canal 13 mandaron a sus más icónicos veteranos a hacer la tarea de acercarnos al nuevo territorio. Pedro Carcuro y Mario Kreutzberger no son periodistas que vayan sólo a mostrarnos qué pasa por allá. Ambos son figuras principalmente emotivas que intentan —y en gran medida lo logran— pasearnos de la mano y contarnos con sus inconfundibles voces lo que ellos quieren mostrarnos a lo largo del safari. Ni “Sudáfrica mía” (TVN), ni “Umbingelelo” (C13) están proponiendo nada nuevo ni entregando nada malo; por el contrario, ambos pasan por puntos obligados —geográfica, humana y hasta éticamente hablando— en el paseo por Sudáfrica. Ambos —en un formato que no inventó pero sin duda renovó determinantemente la serie documental “Los Patiperros”— se valen de chilenos residentes, donde los hay, para complementar sus relatos.
La gran diferencia entre ambos es la más evidente: sus omnipresentes conductores. En “Umbingelelo”, Don Francisco aprovecha, en la forma y en el fondo, su experiencia y su marca registrada de los años en que su “cámara extranjera” todavía no se transformaba en “cámara viajera”: Era el mundo visto desde la provincia por un gigante que no sólo hablaba varios idiomas, sino que era capaz de bromear y hasta de agarrar para el leseo a sus ocasionales entrevistados en el mundo exterior. Ver a Kreutzberger tan en control de su fórmula es en gran medida un refugio de certidumbre en medio de un territorio ajeno (en eso Don Francis es para los chilenos lo que un McDonald's es para un turista gringo). Sin embargo, hay en “Umbingelelo” frecuentes momentos en que a la fórmula y al animador “se les cae el carnet”. Su traducción simultánea de las entrevistas, por ejemplo, data de aquella época en que los subtítulos en televisión eran una rareza y ensucia las entrevistas. Y sus comerciales incorporados con dudoso tacto y humor dentro del mismo programa hacen temer que en cualquier momento Don Francisco es capaz de poner a un grupo de elefantes a cantar un jingle para un antiácido. En “Sudáfrica mía”, en contraste, el emotivo Carcuro muestra que es de una escuela más nueva. Aunque no es un lirio en televisión, Carcuro salió de las canchas de fútbol cuando el mundo ya se manejaba con cable, subtítulos y la amenaza de un zapping de opciones múltiples. Y se nota. Carcuro es rápido, es ágil como cuando relata una escapada de Alexis Sánchez y exagerado y emotivo como cuando grita un gol de Chupete Suazo. A veces la sobrerrevolución y la autorreferencia le juegan en contra, pero en el total hacen de “Sudáfrica mía” una entrega más potente que la de “Umbingelelo” (beneficiada además por haber partido un par de semanas antes). Y como esto es fútbol moderno, señores, en la agilidad está gran parte del espectáculo.
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