
Después del acierto de “Halcón y camaleón”, daba la impresión de que el programa estelar de Felipe Camiroaga había dado al fin un paso adelante. Pero fue sólo un paréntesis en lo que ya es tradición. “Animal nocturno” regresó y volvió a su zona de comodidad y a ser lo que ha sido siempre: una enorme juguera donde se arrojan sin mayor criterio temas y personajes más serios con esa gran cuota de circo de farándula que acostumbra. El cóctel lleva mucha pretensión, altas dosis de cursilería y ninguna de pudor. Camiroaga, quien llegó a ser uno de los mejores animadores de la televisión chilena, parece sumido —incluso en el matinal— en esa zona de conformismo apático de quien administra lo que ha logrado, preocupado de que nada lo perturbe (“Buenos días a todos” parece ahora un programa hecho a partir de ese conformismo medio arrogante del que tiene poco y nada de competencia, masticando ese mismo chicle que alguna vez tuvo buen sabor). Le haría falta un desafío mayor, pero por lo visto con su negativa a arriesgarse a dar el salto a la televisión latina en Estados Unidos, no parece dispuesto a semejante movimiento.
Es probable que el “Animal nocturno” de esta nueva temporada no sea muy distinto al de los años anteriores, que a su vez no era muy distinto a “De pé a pá”: una entrevista con algún personaje noticioso, entrevistas sobrevendidas para alimentar o alimentarse del bolo alimenticio de la farándula, más algo de comedia burda. Pero, en un año particularmente noticioso y dramático, la falta de pudor al yuxtaponer personajes y temas alcanza momentos incómodos y hasta desagradables. Invitar a la mujer de uno de los 33 mineros atrapados a mirar cómo Leo Rey dobla una canción frente a ella como esperando que lo agarre a besos —no lo hizo, obviamente— o a escuchar cómo Karen Doggenweiler opina sobre “el momento” de Kenita Larraín resultó sencillamente de mal gusto; llevar a Marlen Olivari a pasearse entre los damnificados del terremoto no fue mejor. Es cierto que algunas entrevistas se han mantenido en un rango correcto para los estándares de esa clase de estelares (la de Laurence Golborne, la de Juan Carlos Lecompte, el ex marido de Ingrid Betancourt, la de Isabel Allende), pero lo que impera en esta gran cacerola es el sabor a farándula sobreexplotada y con aquel fuerte aroma a tongo eterno que no lo diferencia mayormente de los programas de mediodía. La entrevista a Marlen Olivari fue incluso sorprendente: ella llegó saludando en italiano a la cámara en el estacionamiento junto a su nuevo novio playboy italiano. Pero a la hora de hablar de su relación se hacía la reservada. “Pucha, no sé qué más preguntarte”, le dijo Camiroaga (siempre en su tono de “famoso entrevistando a famosa”). La entrevista siguió. La conversación con Kenita Larraín fue un Camiroaga clásico: solo en el estudio hablaba de lo frontal, lo profunda, lo noticiosa que había sido su entrevista. En el video, en cambio, casi le pedía perdón por hacerle preguntas y lo hacía con el tono de “el resto del mundo te ataca pero yo estoy de tu lado”. Una sorpresa de las buenas, por el contrario, ha sido Doggenweiler: reivindicada como periodista, haciendo notas y entrevistando, demuestra que es mucho más que el rostro inverosímil y frío que resulta ser cuando se viste de animadora. A veces la evolución implica volver al origen. A veces, cambiar de lugar. Pero muy rara vez lo es quedarse dando vueltas en el mismo y aburrido lugar.
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Posteado por: KATHY PARRA CARDENAS 16/10/2010 13:19 [ N° 1 ] |
ME CARGA CAMIROAGA....y su dudosa sexualidad....eso de andar adoptando hijos cuando pudes tener propios???? mmmmmmm......asi empezó ricky martin y bueno ya vemos el resultado... |
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