
La sola irrupción de un programa como “El Club de la Comedia” en la televisión chilena fue motivo de celebración. Tras una penosa –y reveladora– orfandad de referentes humorísticos televisivos tras la desaparición de los más legendarios de la década de los 80 y principios de los 90 (“Medio Mundo”, “De Chincol a Jote”) y la herencia mal administrada del más legendario de todos –el “Jappening con Ja”–, al fin aparecía un programa que lograba estabilidad en pantalla y que tenía éxito introduciendo personajes y expresiones en la conversación popular. Además, masificó la comedia de stand–up, una importación que hasta entonces sólo se había colado a medias tintas en programas de diferentes formatos. Y, como guinda de la torta, generó polémica: los cargos formulados por el Consejo Nacional de Televisión gatillaron conversaciones y debates en torno al rol de ese organismo, a la libertad de expresión, a los límites de ese ejercicio en televisión y al humor mismo.
Llegó, sin embargo, la hora de exigirle mucho más a “El Club de la Comedia”. Ya no basta con que existan y perduren, ni que sean ingeniosos ni medianamente graciosos. A estas alturas, sus monólogos deberían ser más pulcros, parejos y regulares, y sus sketches se beneficiarían de superar el chiste de camarín de cuarto medio de colegio al que suelen caer (que puede resultar divertido hasta que se vuelve predecible). Que el que debe ser uno de los grupos más creativos de la comedia en televisión –con integrantes que parecen manejar referentes de excelencia– produzca un programa tan irregular resulta incluso desalentador para quien cree que la comedia puede ser un motor fundamental en la evolución de la televisión y –si nos ponemos ambiciosos– de la sociedad.
En los clubes de comedia estadounidenses suelen desfilar comediantes de distinta experiencia que ponen a prueba noche a noche libretos que van puliendo a punta de instinto, aplausos, pifias, silencios y carcajadas. Y existe también la “hora amateur”, para que los no profesionales se paren a probar suerte frente al micrófono. Y ahí se aprecia la gran diferencia entre unos y otros: los que hacen tallas y los que elaboran, ejecutan y pulen un guión de comedia. Es lo que el grupo de este programa debería ser capaz de hacer. En otras palabras, es hora de que “El Club de la Comedia” pase de curso a partir del arsenal que su mismo elenco ha demostrado: lo políticamente incorrecto, lo absurdo, lo picaresco, incluso lo infantil. A lo mejor no es algo que quieran hacer, pero “El Club de la Comedia” podría ser una marca de buena televisión si este grupo de amigos haciendo tallas con presupuesto se transformara en un grupo profesional de comediantes.
Dicen que cada país tiene los gobernantes que se merece. Podría decirse lo mismo de la comedia. Pero si esto fuera lo máximo a lo que podemos aspirar, y lo máximo que este grupo nos puede dar, sería un pésimo chiste.
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Posteado por: Maximiliano Lillo Coria 07/11/2010 22:33 [ N° 1 ] |
Encuentro horrible el chiste de que cada país tenga los gobernantes que se merece. Porque el club de la comedia esta muy bien. |
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Posteado por: Fernando Retamales León 12/11/2010 18:23 [ N° 2 ] |
Le encuentro toda la razón. A este paso, en vez de optar a ser un De Chincol a Jote no va a llegar más que a un Na' que ver con Chile. |
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Posteado por: Angelo Camisanni Saavi 21/01/2011 12:41 [ N° 3 ] |
Tengo bastante sentido del humor, y el programa esta cada día mas fome, solo algunos monólogos son buenos, y dije sólo algunos, porque las rutinas, son casi pa rellenar, fomeque, reguleque. |
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