
A riesgo de proferir sociología barata (o por lo menos claramente amateur), una pequeña reflexión. Quizás esta clase de programas funcionan porque enganchan con un sentimiento casi atávico en la cultura de los telespectadores de todo el mundo: la injusticia, la evidencia de que la meritocracia mediática en la que por algún motivo se sigue creyendo (esa sensación de que para estar “ahí”, en pantalla, en las portadas de diarios y revistas, en el ojo público, habría que haberle “ganado a alguien”). ¿Será herencia del inicio de televisión educativa-universitaria? En una pantalla –y un país– donde la farándula de figuras de reality, modelos de ropa interior de discotheques y futbolistas se ha tomado buena parte de esa atención pública, esa sensación de “éste no le ha ganado a nadie, ¿qué hace ahí?” naturalmente se exacerba (si vamos un poco más lejos, el éxito de programas que parecen dar oportunidades a la gente “común”, como “Talento chileno”, podría explicarse en parte por lo mismo). Entonces llega un programa donde vemos a esas mismas figuras sufrir, pasarlo mal, asustarse, enojarse, ser víctimas muchas veces de su propio afán de figuración. Y lo encontramos fantástico.
“Golpe bajo” tiene además un ingrediente extra: es obra de un famoso mayor –pero famoso al fin y al cabo–, Cristián de la Fuente. Así que el asunto raya en el incesto televisivo, en la traición a la clase, o –si nos ponemos más dramáticos– en el clasismo: uno de primera división burlándose de los aspirantes que juegan en segunda. Ya en su tercera temporada, “Golpe bajo” –de evidente inspiración en “Punk’d”, el programa de Ashton Kutcher para MTV– camina por los mismos derroteros: cámaras escondidas que llegan a ser muy incómodas, a veces hasta crueles, a “gente de la tele”.
A un programa como éste se le pide verosimilitud –que la tiene–, agilidad en el relato y cierto cuidado visual que, a menudo, se sacrifica por la gracia de la cámara escondida (no en este caso). “Golpe bajo” es hasta creativo en su maldad. Hay un detalle sin embargo en el que sigue cayéndose; un detalle que revela una falta de pulcritud reveladora. Entendemos que De la Fuente vive en Estados Unidos y viene poco. A menudo delega su función de “monitoreador” de las cámaras en terreno en Pamela Le Roy o en Lucila Vit (la primera mucho mejor que la segunda), lo que ya merma el factor “editorial” del programa, lo despersonaliza. En ese panorama, lo mínimo que se podría esperar es que las continuidades que graba De la Fuente tuvieran el mínimo cuidado de hacernos creer que corresponden al mismo programa (lo vemos con diferente ropa y hasta diferente largo de pelo). Es un pelo de la cola, cierto, pero cuando uno juega a ser cabeza de ratón, no puede permitirse seguir pareciendo cola de león.
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Posteado por: arnaldo campo oliveros 17/12/2010 16:14 [ N° 1 ] |
..¡PLOP..!!! |
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