
Los reality shows son casi por definición un ejercicio de crueldad: a un grupo de personas interesadas en algún fin último (la fama, el dinero, todas las anteriores) se los somete a situaciones a veces extremas, muchas veces humillantes, para que el respetable público se solace viéndolos interactuar. Lo que varía es el relato –vivir como en 1810, jugar a ser reclutas de una base, sobrevivir en una granja, “graduarse” de artistas, usted siga– y la composición del grupo. “Año cero” tiene un relato francamente divertido –si no, sería deprimente–: estos individuos son los últimos sobrevivientes de la Tierra y los que ganen perpetuarán la especie; pero sobre todo cuenta con un gran acierto en su casting.
En el ya “viejo” arte de los realities –donde los guionistas fantasma y los editores de imágenes son los soldados desconocidos–, el equipo de Canal 13 ha vuelto a demostrar que maneja la selección de los ingredientes como en los “buenos” tiempos: en un mix de desconocidos con “famosos”, los primeros dejan claro por qué son imprescindibles en un reality bien hecho (cuando están bien seleccionados, obviamente) y los segundos, que suelen ser un lastre, alcanzan a justificar sus modestas existencias televisivas (dicho esto, no deja de ser desconcertante la sobrevivencia en estos circos de un personaje como Gabriel Benni, un tipo sólo famoso por decir garabatos chilenos con acentos italianos).
Las primeras semanas han sido violentas, por supuesto. De emitir la mejor serie chilena de los últimos tiempos (“Los 80”), Canal 13 pasó a emitir los domingos en la noche un reality en cuyo primer capítulo los concursantes tomaron la orina propia o la de sus compañeros. No es precisamente “alta televisión”. Pero sí tiene algo de franqueza: puede que los realities no nos digan mucho de nuestra sociedad –no nos vengan con cuentos–, pero sí nos dicen mucho de la TV y de quienes quieren entrar a ella. “Año cero” ha resultado ser una contundente demostración de hasta dónde son capaces de llegar. Que el espectáculo resulte entretenido sólo puede ser motivo de aplauso para los artesanos encargados de contar el cuento. En la fantasía, “Año cero” es post apocalíptico. En la realidad, parece sólo el estado de las cosas.
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