
Todos los años, entre la primera y la segunda semana de febrero, se realiza en la Cueva del Milodón –a pocos kilómetros de Puerto Natales– la obertura del festival más freak de Chile. Una solemne función a la que la gente llega con polar, cortavientos y bototos, y una película elegida para inaugurar la muestra (la Muestra de Cine de la Patagonia) que se proyecta en la misma cueva en la que habría vivido ese peludo y simpático animalejo.
No es la única rareza: el festival de cine de Punta Arenas no es un festival de cine sino una muestra. Un evento que, cada año, sacan a pulso básicamente dos personas: Andrés Varas, el dueño del restaurante El Mesón de la Patagonia de Lo Barnechea y Lucho Alarcón, el célebre actor; parte de la memoria de Chile, incluso antes de que protagonizara al indio del comercial de Firestone ("si camino no hablar...").
La muestra/festival tiene varias gracias. La primera es que no se exhiben más de diez, quince películas; pero, en el Gimnasio Bernardo O´Higgins (cine improvisado) siempre están las imperdibles del cine chileno del año. Más buenos documentales que, normalmente, tienen que ver con el espíritu de la Patagonia y las etnias del extremo sur.
Mañana sábado comienza la décima versión. Y, en estos años, ahí se han visto prácticamente todos los nuevos clásicos del cine chileno, incluidos "Taxi para tres", de Orlando Lubbert; "Sangre eterna", de Jorge Olguín; "Kiltro", de Ernesto Díaz; "Se Arrienda", de Fuguet o "El Rey de los Huevones", de Quercia. Este año darán "Baby Shower", de Pablo Illanes, más el documental "Tierras Magallánicas", un clásico de Alberto D’Agostini. Obviamente, el éxito fue y es total.
Me pasó hace unas semanas: viajaba por los canales australes, ya de regreso a Santiago (vía Quellón/Puerto Montt) y en la Alejandrina, de Naviera Austral, conocí a dos tipos que viajaban desde Puerto Aguirre (islas Huichas) para asistir a un recital de Los Jaivas en un pequeño pueblo de la Carretera Austral. Para los muchachos se trataba, claro, de un gran–viaje–aventura. Sólo para el recital, entre ida y vuelta, iban a gastar al menos una semana. Pero había que ir: no habría otra oportunidad.
Sé que a la muestra de cine de la Patagonia llega gente de distintos rincones de la región. Así, el cine deja de ser sólo cine, un espectáculo al que los de las grandes ciudades nos hemos acostumbrado a que sea algo normal, habitual, cotidiano, y se transforma en un evento excepcional. Un hito cultural que une y genera identidad local.
Bueno saberlo también; a propósito de la crisis en la Araucanía, se plantea en estos días una nueva forma de ver el Ministerio de Cultura que ya no sólo tiene que ver con promover cosas, productos, incluso eventos, sino con algo que es mucho más inasible y abstracto: y es justamente esto de la identidad local. Basta aplaudir la Muestra de Andrés Varas y Lucho Alarcón para darse cuenta que con pequeños pasos se avanza. Y se avanza mucho.
Son buenas señales. Al menos en verano no acordamos que Chile no es sólo sus grandes ciudades sino que también todos esos grandes y pequeños pueblos, caseríos perdidos por aquí y por allá; ríos, lagos, cerros que con suerte están en los mapas.
Pasa en verano, cierto. Pero no hay razones como para no pensar que podría pasar todo el año. En el Altiplano, en Pascua, en Machalí. Ahí no más: en Rancagua. Chile, seguro, sería diferente.
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