
Lo que hicieron conmigo fue un crimen. Cómo no lo anticipé. Era obvio que iba a suceder. Tonta.
Tonta fuistes, pos Lola, me dijo Paolo la mañana siguiente cuando no pude levantarme a darles el desayuno a los niños antes de irse al colegio, y me volví a hundir en la almohada con esa mezcla fatal entre falta de sueño y exceso de alcohol. Menos mal que ya no fumo.
Con Paolo tenemos una regla no escrita. Él, que tiene el sueño liviano, se levanta a las 6:30, mete al preadolescente a la ducha, les lleva la leche con Milo a las niñas a la cama, las viste, saca al preadolescente de la ducha, me despierta, me deja la bata sobre la cama, las hawaianas en el suelo y se mete a la ducha, desde donde me grita para asegurar que me haya levantado. Y mientras él se jabona, entro a operar yo. Bajo a la cocina, pongo música clásica, pico frutas, exprimo naranjas, tuesto panes, preparo colaciones, peino, hago trenzas, deshago trenzas, hago chapes, deshago chapes, lavo dientes y esparzo factor 50 en tres caras. Y cuando todo eso termina y se suben al auto, les mando un beso soplado, oigo cómo Paolo aprieta el acelerador a fondo (¿se me olvidó decir que tiene el reloj adelantado cinco minutos?) y respiro en paz. Vuelvo a la cocina, le doy comida a la perra, al gato, pongo la tetera, me hago un café de grano, le echo un chorro de leche, me lo llevo junto al diario a la pieza, abro las persianas, miro para afuera, me meto a la cama, y soy feliz.
Pero esa mañana todo salió mal.
Había puesto mi casa como “local” para la despedida de un compañero de oficina. Algo que me agrada hacer. Pensé un menú sencillo: una parrilla encendida con lomo vetado (pero de corte americano, mil veces mejor), papas asadas al horno con crema ácida y ciboulette, ensaladas y una torta de brownie hecha en casa. Lo que no calculé fue que, dados los factores enumerados a continuación, la “despedida” iba a durar exactamente hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente: a) la edad promedio de mis compañeros de trabajo es de 26 años, en su gran mayoría solteros y sin hijos, b) en el último carrete de oficina nadie llegó a trabajar al día siguiente, salvo yo que no pude ir, c) en el mail de invitación, en el que yo obviamente no participé, en vez de vino se pedía que cada cual llevara una botella de pisco o de vodka, d) la cuota era de 4 mil pesos. Los temas de conversación fueron: innovaciones en la cama, depilación brasileña y otras cosas de las que prefiero no acordarme. Paolo desde la pieza (no estaba invitado) escuchó mis carcajadas hasta las 4 en punto.
Y esa mañana apenas pude levantarme. Tipo diez vi que tenía un mensaje de texto de Paolo, claro que enviado a las tres de la mañana. Decía: “hasta cuándo”.
Receta para la caña
Parta un limón, échele sal, merkén o algún otro ají y chúpelo lentamente. Como los pescadores cuando les entra agua al bote.
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Posteado por: manolo diaz 05/11/2011 11:18 [ N° 1 ] |
Segunda persona del pasado de Ir: Fuiste (no fuistes). Saludoss. |
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Posteado por: María Cristina Vildósola cincinnati 16/12/2011 09:13 [ N° 2 ] |
Bueno siempre pasa lo mismo después de una fiesta de compañeros de oficina. La dueña de casa, quién es la que presta la casa es la que más trabaja y después a la mañana siguiente no puede decir ni pío por los malestares de dolor de cabeza, mareo, náuseas, etc.etc...Mejor hacerlo en un restaurante y de esta manera te puede ir a la hora que quieras simulando ir al baño y poder escaparte sin que nadie te vea. Aprende para la otra y no vuelvas a prestar la casa sobretodo día de semana cuando al día siguiente hay que ir a trabajar. Hay que aprender la lección, sino quiere decir que eres bastante tonta para eso. |
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