Marcelo Birmajer
Mi padre y mi madre mantenían una disputa intermitente. Mientras que mi madre aseveraba que la cocina era un arte preciso, mi padre consideraba que las mejores virtudes del gourmet eran la intuición y la improvisación.
Mi madre preparaba un huevo pasado por agua calculando rigurosamente el tiempo en un reloj de arena; mi padre lo sacaba del agua cuando consideraba que el huevo estaba “aburrido”. Mi madre ponía las papas al horno envueltas en papel metálico y esperaba a oír sonar el ring de la manecilla para retirarlas. Mi padre las tiraba al carbón en sus cáscaras y las sacaba cuando, según él, aullaban. Las opiniones en la familia estaban divididas. Había quienes decían que los huevos excesivamente líquidos de mi padre eran experimentales, mientras que los huevos viscosos de mi madre no eran lo suficientemente húmedos. Estaban quienes se quejaban de las papas pulcras, y quienes protestaban contra las papas abrasivas. En resumen, ninguno de los dos concitaba la aprobación familiar: ni en el círculo áulico ni en las fiestas. Pero persistían en su batalla conyugal como si fueran a conquistar un canal de cable (que para cuando sucede esta historia aún no existían).
Un día, de paseo por la verdulería, con el compromiso de preparar un cóctel de palmito y palta para esa noche, mi madre repitió, en una adaptación, su divisa: “Elegir la palta es un arte”. Tomó uno de aquellos frutos verdes y lo palpó durante unos buenos diez minutos. Cuando el verdulero estaba a punto de echarla, mi madre devolvió la palta a su sitio y tomó otra. Esta segunda, luego de siete minutos de manoseo, la satisfizo. Mi padre agarró una palta cualquiera al azar, creo que ni siquiera la miró, la pagó y se la echó al bolsillo.
Esa noche, los hados parecieron favorecer la rigurosidad de mi madre. Su palta era saludablemente verde por dentro, cremosa, consistente. La palta de mi padre sirvió para clavar un clavo en la pared. Los palmitos se lucieron en la palta comprada por mi madre. La palta de mi padre fue envuelta en un papel de diario para que madurara.
Ocurrió algo curioso: no maduraba. Pasó un día, pasaron dos. Una semana. Tres semanas. La palta se mantenía igual a sí misma: dura y reluciente como piedra de arroyo. Quiso la suerte que el curador de un museo de arte de moderno de Kentucky, de visita por el Once, el barrio de mis padres, oyera acerca de la palta permanentemente inmadura. Tocó el timbre y preguntó cuánto llevaba la palta sin ablandarse. Dos meses y medio, respondió mi padre. ¿Le gustaría venderla para nuestra sección de naturalezas bizarras? La expondremos junto a un pepino que ronca y una serigrafía de Andy Warhol de un tomate con la forma de la cara de Nixon. Mi padre aceptó ipso facto, y se embolsó unos bonitos quinientos dólares, suficientes, por entonces, para comprar varias toneladas de cóctel de palmito y palta en la mejor rotisería del barrio.
-Puede que sepas algo de verduras- dijo mi padre a mi madre- Pero el arte déjamelo a mí.
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Posteado por: Alexis Catherine Correa Alvarez 18/11/2008 16:04 [ N° 1 ] |
justicia poética?? |
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