Paula Serrano
Martes 20 de Enero de 2009
Vacaciones de sí mismos


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Los niños están de vacaciones y ya no son los escolares o los universitarios los que deben cumplir responsabilidades. Son libres de dormir más, de salir más, de hacer cambios. Los maridos ya no están en el trabajo, no se pueden escabullir de tener familia, pueden leer, dormir, flojear, pueden ser distintos. Y sus esposas, también. Estar de vacaciones es hacer cambios, y disminuir responsabilidades.

Es más difícil estar de vacaciones de los roles habituales. Sobre todo del rol parental. Padres y madres parecen esclavos de sus hijos. Mucho panorama, mucho irlos a buscar y dejar, mucho cuento. Si esa “esclavitud” está en función del propio descanso, muy bien. Por ejemplo, hay padres que gozan subiendo a la cordillera o armando paseos en bicicleta o equipos de fútbol o campeonatos de golf donde incluyen a sus hijos, porque piensan, con razón, que están compartiendo con ellos, pero también enseñándoles a disfrutar lo que para ellos, los padres, es una manera de descanso y de goce. Son actividades formativas que los niños no siempre quieren hacer, a veces se rebelan o alegan, pero sus padres saben que con el tiempo agradecerán esos recuerdos y esas destrezas. A las madres les cuesta más. Los roles de dueña de casa las obligan con frecuencia a atender a mucha gente y en horarios desordenados. Y ser madres parece ser un rol en que cuesta relajarse. Los hijos lo dicen: el papá es distinto en vacaciones, la mamá no. Ahí están: controlando el lavado de dientes, la comida, los modales, los horarios, la vida social, la “actitud apropiada”. Valdría la pena preguntarse si un buen manual con las “actitudes apropiadas en vacaciones” les serviría a muchas mujeres para descansar más y permitir que sus familias las conozcan en otros roles. Tal vez ser buena madre en vacaciones es mostrar con el ejemplo que el descanso es un valor y un derecho, también de los padres, al que los hijos deberían colaborar.

Pero lo que es más difícil es tomar vacaciones de uno mismo. De esas pequeñas obsesiones, de esos grandes miedos, de las penas verdaderas y de las tontas que nos acompañan a través del año.

No se cambia porque cambiemos de lugar, andamos como las tortugas con nuestros dolores a cuestas. Pero cambiar de actividad ayuda a cambiar de pensamientos, y cambiar de pensamientos ayuda a cambiar las emociones. O sea, hay un consuelo. También es posible evadirse en buena parte de nuestros fantasmas. Que las vacaciones sean libros y conversaciones y actividades intrascendentes. Podemos leer a Kafka o a Corín Tellado, poco importa. Lo que sí importa es que no importe si entendí o aprendí.

Lo que sí importa es el goce. Ésa es energía, ésas son vacaciones.

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